Después del 3 de enero, por César Azabache Caracciolo
Hay muchas maneras de aproximarse a lo que pasó y a lo que está ocurriendo en Venezuela. Antes que nada, somos —o debemos ser— escuchas necesarios de testimonios que abundan en nuestro entorno: amigos y amigas, colegas, trabajadores, personas refugiadas que sienten y celebran que el último autor de sus peores pesadillas, Nicolás Maduro, haya finalmente perdido el poder. Escucharles en este momento, darle prioridad a lo que sienten, encierra toda una dimensión de encuentro que no debemos perder de vista ni pasar por alto.
Pero además, y por cuenta propia, somos testigos de la primera operación militar americana desarrollada en territorio latinoamericano desde Panamá, en 1989. Somos testigos de la segunda abducción de un dictador que termina puesto ante tribunales norteamericanos (el primero fue Noriega). Y somos testigos del primer ensayo de instalación de un gobierno explícitamente tutelado en América del Sur desde que esta parte del continente dejó de ser colonia española, en el siglo XIX.
La introducción en el hemisferio de esta forma de organizar un Estado sugiere el posible cierre de un ciclo en el que solo eran imaginables las misiones de Naciones Unidas (julio de 1991 en El Salvador y abril de 1994 en Guatemala) o la mediación de la OEA, reforzada por la Carta Democrática Interamericana desde septiembre de 2001.
Ninguno de estos esquemas está ahora sobre la mesa y eso sugiere la forma en que ambos sistemas, el de Naciones Unidas........
