Plegaria del soldado desconocido
Reclino mi cabeza sobre este feldespato. Está frío. Estoy en esta zanja que es mi trinchera. Me siento amilanado. Guardo silencio. Ahora mismo, un pedazo de metralla pasa raudo. Me quedo sin respiración, y me baja por el cuello un sudor helado, frígido. Tabletean las ametralladoras, chirrían las cadenas de los blindados y el miedo subido a mis hombros es un gatopardo herido.
Me disgustan los hospitales porque huelen a pócimas, alcoholes, detergente y amoniaco. Pero este olor es peor. Huelo a muerte. Creo que huele fétido como un mal presagio impuro. Es un olor chicloso, agrio y revulsivo. Todos somos valientes, pero todos tememos que envuelta en un ¡ay! llegue la mala suerte. Hoy afila su guadaña y se ríe de nosotros lanzando al aire un montón de coronas de magnolias, crisantemos, gladiolos y lirios.
A las tres, Señor, ahora me acuerdo, bajas a mi pueblo y te........
