Ser del Atleti

Ser del Atleti es un acto de fe tan fervoroso como creer en la política. Ser del Atleti, aunque no esté en la final de la Champions, es soñar a lo grande hasta despertar de la pesadilla, flotar en el cielo orgásmico de la soñada victoria, traspasar la supraconciencia para encontrar vida después de la derrota. Ser del Atléti es volver al histórico Metropolitano del Atlético Aviación donde todo empezó, ir de excursión retro al Vicente Calderón en navegación del Manzanares, escuchar en el Teatro Real el himno de Sabina o resucitar a Luis Aragonés en las fiestas sabias de Hortaleza y a Jesús Gil en una party marbellí. Ser del Atlético es militar en el partido de las utopías, entregar tu alma al populismo de carnet que no te permite distinguir la realidad en brote emocional del autoengaño colectivo. Todos, en realidad, los del Madrid, los del Barça y los de otros equipos, somos un poco del Atleti, porque en esta Copa de Europa vista para sentencia, solo nos quedaba el alma patriótica del fútbol como parte de la ambiciosa fantasía hasta que el Rayo se coló en otra final europea.

Ser del Atleti es cómo ser monárquico en un entorno republicano, que para eso el rey es un atlético confeso pues ese es el verdadero significado de la Corona: representar a todos en el Estado de la monarquía futbolera. Se entiende que Sánchez sea del Barça, porque de Cataluña le vienen los votos y los socios, y porque hace bueno el síndrome Negreira con el amaño de la Fiscalía. Y se acepta que siendo del Depor-Celta, Feijóo simpatice con el Real Madrid, porque Alberto aspira a mirlo blanco en la política pícara burlona donde abundan algunos garbanzos negros. Pero que Felipe VI sea del Atleti es tan glorioso e improbable como que Pablo Iglesias e Irene Montero hayan sido vicepresidente y ministra del Gobierno del España; una probabilidad entre 1 millón, una casualidad en todo un........

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