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El asiento vacío

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A las dos de la mañana, en el arcén de una autopista hacia la ciudad alemana de Dresde, nuestro privilegio europeo chocó de frente con la crudeza de una guerra sentada en la butaca de al lado. Nuestro bus era una cápsula en la oscuridad centroeuropea. Había partido de Budapest, pero nosotros nos subimos en Praga a las 23,40 horas para bajarnos en Berlín al alba. Al ocupar mi asiento en la fila central, junto al único baño, el otro universo ya estaba allí. Lo que viajaba a mi lado era un salto al vacío: un chaval ucraniano imberbe, en pantalones cortos y con todo su patrimonio en una mochila, arrastrando el letargo de la huida. Era fácil deducir que había embarcado en Bratislava, aprovechando su refugio.

No........

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