La fiabilidad de España

El domingo, cuando los castellanos y leoneses acudan a votar, tendremos el resultado de un primer test sobre el influjo que el «no a la guerra» –eslogan exhumado por Pedro Sánchez para la batalla política después de 23 años– puede tener como herramienta electoral para la izquierda. El «no a la guerra» fue un lema contra el gobierno de Aznar, tanto o más que contra el propio conflicto de Irak.

Pero ocurrió algo interesante en términos sociológicos. Porque aquella guerra empezó en marzo de 2003, y solo dos meses después se celebraron en España elecciones municipales y autonómicas. El PP mantuvo su poder territorial, lo que evidenció la escasa incidencia de la intensa campaña que las izquierdas hicieron contra la implicación de Aznar en la guerra. Cosa distinta fue lo que ocurrió en las generales de 2004: Zapatero alcanzó La Moncloa, aunque nunca sabremos qué hubiera pasado en las urnas de no haberse producido la masacre del 11M, solo tres días antes de las elecciones.

Ahora, en Moncloa existe el firme convencimiento de que el efecto de la guerra en Irán puede afectar –a su favor– al voto de los ciudadanos. O quizá se trate solo de un clavo ardiendo al que agarrarse, cuando ya no se sabe qué hacer para recuperar expectativas electorales.

Estos son los efectos internos de nuestra política exterior. Luego están las consecuencias en nuestra imagen internacional. La implicación (mucho más política que militar) en la guerra de Irak colocó a España en el bando del «trío de las Azores» en 2003: mala imagen ante la mayoría de países de nuestro entorno, que no aprobaron aquella actitud. Pero la decisión de Zapatero de sacar abruptamente nuestras tropas en 2004 cuando, entonces sí, esos países de nuestro entorno ayudaban con sus soldados a dar seguridad y reconstruir Irak, nos convirtió en una nación insolidaria, solo preocupada por lo suyo.

La dicotomía Aznar-Zapatero se ha reiterado desde entonces, y convierte a España en un país con una política exterior puramente partidista, cuando debería ser una política de Estado, con pocas variantes frente a los cambios de gobierno. Pierdan toda esperanza.


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