La extrema izquierda en terapia
La política, como la vida, tiene momentos mejores y peores. Podemos quiso «asaltar los cielos» en sus tiempos de efervescencia, allá por 2015 y 2016, cuando llenó de ruido el hemiciclo del Congreso, porque determinadas fuerzas políticas viven de llamar la atención; de acapararla. Y lo consiguió. Estaban en la cresta de la ola. Pero no asaltaron los cielos.
En esos años, el independentismo catalán se afanaba en forzar las costuras de la democracia para convocar un referéndum ilegal. En aquel ambiente de alineación colectiva, el portavoz de Esquerra nos anunció que «en 18 meses dejaré mi escaño en el Congreso para regresar a la República Catalana», convencido de que el esperpento del 1 de octubre de 2017 tendría éxito. También estaban en la cresta de la ola, pero tampoco los independentistas asaltaron los cielos: no hubo república catalana.
Una década después, Gabriel Rufián sigue siendo el portavoz de Esquerra en el Congreso, y lejos de planificar su vuelta a casa para instalarse en la república catalana, ahora ocupa su tiempo en socorrer a la extrema izquierda española. Primero, con un aspirante a liderar esa facción política en la Comunidad de Madrid. Ahora, para salvar a la soldado Irene Montero y al empequeñecido ejército de Podemos, en la peligrosa deriva que dirige al partido hacia la irrelevancia extraparlamentaria que ya sufre en buena parte de las comunidades autónomas y ayuntamientos.
Que Podemos se agarre a Gabriel Rufián como si fuese un pedazo de madera en medio del océano es lo más parecido a un episodio de justicia poética. También podría entenderse que Podemos y Esquerra arriman sus hombros como dos amiguetes que han tomado varias copas de más, y necesitan apoyarse mutuamente para no desplomarse.
Resulta caótico. Aparentemente, Rufián hace de benefactor de la extrema izquierda española en contra del criterio de su propio partido; Podemos ve el fulgor de Rufián y se acerca a la luz más resplandeciente del momento; de paso, pide árnica a Izquierda Unida para ir en sus listas de Andalucía para no desaparecer, y luego reaparece Pablo Iglesias a criticar esa decisión. Quizá deban profundizar en la terapia.
