Sindicalismo y Estado |
Bolivia suele repetir sus tragedias con la obstinación de los laberintos. Cambian los nombres, los gobiernos, los discursos y las banderas, pero permanece una escena casi inmutable: el camino cerrado, el mercado que se vacía, la ciudad que espera, el Estado que calcula y el sindicato que mide su fuerza sobre el cuerpo cansado de la nación.
El sindicalismo boliviano no nació como accidente. Nació de la necesidad, de la mina, del campo, de la fábrica, de la intemperie social. Fue voz cuando muchos no tenían voz; fue muro contra gobiernos sordos; fue memoria organizada contra el abuso. En su origen hay una dignidad que no puede negarse. Pero toda fuerza histórica corre el riesgo de convertirse en aquello que alguna vez combatió. Cuando la protesta deja de defender al pueblo y empieza a cercarlo, algo esencial se rompe.
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