Aires de cambio: la legislatura está muerta

Por vez primera en muchos meses, en los cuarteles generales de los partidos se respiran aires de fin de ciclo, de que la legislatura está más que muerta y de que, forzado por las circunstancias y por el devenir de los acontecimientos, Pedro Sánchez podría verse abocado a convocar elecciones generales a no mucho tardar. Es posible que así sea, aunque aún persisten dudas dada la conocida resistencia del presidente a los adelantos si intuye que van a perjudicarle. La situación, en cualquier caso, es esperpéntica, sin parangón en toda la democracia. España tiene un Gobierno que no gobierna y los partidos que lo conforman, mal avenidos pero adictos al poder, simulan que están en guerra mientras pregonan el no a la guerra para engañar a sus votantes. El PSOE considera a los representantes de la ultraizquierda chinas en el zapato, simples moscas cojoneras, unos advenedizos a los que, en privado, desprecian, mientras que los segundos sobreviven atrapados en su propia incongruencia: si acatan genuflexos las directrices socialistas, como hasta ahora, sus partidos desaparecerán. Si, por el contrario, atacan de verdad a Sánchez y sus políticas, corren el riesgo de servir en bandeja de plata la victoria a la derecha, lo que les llevaría a perder sus puestos y sus prebendas, que no son pocas. Yolanda Díaz no podría viajar, por ejemplo, a Los Ángeles y otros destinos atractivos con el dinero que se les saquea a los ciudadanos con los impuestos. El hundimiento de Sumar y la irrelevancia de Podemos son reflejo de este dilema existencial, de esta suerte de maniqueísmo que sepulta siempre al que se deja fagocitar. El Gobierno tiene, además, el problema de que sabe que no puede legislar, aunque simula una supuesta capacidad para hacerlo. PP y Vox no le van a dar aliento y, por lo que se ve, Junts y el PNV, tampoco. La muestra de tamaña incapacidad para sacar adelante las leyes se ha mostrado con toda su crudeza a cuenta del decreto anticrisis o escudo social, en el lenguaje orwelliano que emplean Sánchez y sus ministros siguiendo el consejo de sus asesores. Para obtener el plácet parlamentario de los nacionalistas, el presidente y sus compañeros de este viaje a ninguna parte han tenido que capitular, prometiendo las rebajas fiscales que tanto le reprochan al PP y a Isabel Díaz Ayuso. ¿Pero no quedamos en que había que subir los impuestos en lugar de bajarlos, señores del Gobierno? Por si fuera poco, el Gobierno que no gobierna ni legisla, tampoco gestiona. Porque no se puede llamar gestión a lo que está sucediendo en todos los ministerios que deberían encargarse de ello. ¿Qué gestión hace Óscar Puente, más allá de sembrar el caos con su inoperancia en todos los servicios ferroviarios españoles? ¿Por qué se escondieron decenas de metros de vías clave del accidente de Adamuz, señor ministro? Tampoco gestiona Mónica García, que es un desastre absoluto y una contradicción en sí misma: los médicos a los que animaba a sublevarse se han echado encima de ella, hartos de tanta estulticia, tanta incompetencia y tanta chulería. Pregúntele a Ángeles Amador lo que le sucedió al PSOE durante la huelga de batas blancas que protagonizaron contra el Insalud, señora ministra. El Gobierno del no a la guerra que ayuda a Ucrania a hacer la guerra se ha abrazado ahora a la convulsa situación internacional para ganar tiempo, pero las elecciones andaluzas le enseñarán que ya no cuela tanta falsa propaganda. Pregúntenle a la ultraizquierda.


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