FINITUD (A propósito del apocalipsis de la IA)
Ningún león se angustia al amanecer pensando en su muerte. Ningún cóndor posterga un vuelo por temor a la vejez. Solo el ser humano carga, desde que alcanza el uso de razón, la certeza incómoda de que un día dejará de existir. Esa conciencia, aparentemente maldita, es en realidad el cimiento invisible sobre el que construimos religión, moral, arte, política y hasta la conversación más trivial de sobremesa.
Martin Heidegger llamó a esto «ser para la muerte». Para él, solo cuando el individuo asume genuinamente su finitud puede vivir de manera auténtica, en lugar de diluirse en el «deber ser» impersonal de la masa, esa vida prestada que vivimos siguiendo horarios, modas y expectativas ajenas. La muerte, lejos de ser el final de la reflexión, es su punto de partida, el aguijón que nos empuja a preguntarnos si la vida que llevamos es realmente la que queremos. Ernest Becker, en su célebre «La negación de la muerte», fue más lejos. Sostuvo que buena parte de la civilización, el arte, la religión, la ambición de dejar un legado, no es sino un........
