Piloto Iceta

Algo bueno tiene la corrupción socialista y es que hasta en en eso nos dan lecciones de igualdad difíciles de superar. Una moral sublime que convierte la estafa en una obra de arte contemporáneo. No solo colocan a supuestas señoritas en presuntos trabajos a los que ni siquiera acuden, sino que también se ayuda a un colectivo marginal y necesitado, el LGTBI, con quien el Ejecutivo todo se siente tan comprometido. Con menos ingredientes se monta un «happening» en el Reina Sofía. El caso Iceta y su pareja me conmueve casi más que el final de «Cumbres borrascosas, la película». El paro azota a todos por igual y la crisis apretaba tanto que no bastaba un solo sueldo, y encima de político, para llevar adelante una casa sin niños. Se entiende que Iceta pidiera, si es que lo hizo, a Koldo que colocara a su «marido» entre comillas (¿era un ligue? ¿pareja de hecho?, no entiendo lo de las comillas) en una aerolínea que había sido rescatada por el Gobierno con 320 millones de euros cuando Iceta era ministro, de Cultura, pero ministro, y, por tanto, pertenecía al gabinete que dio luz verde a la operación.

Iceta es de estos tipos perfectos con los que uno iría a un karaoke si fuera aficionado al espectáculo: no tiene sentido del ridículo, que es lo mínimo que uno esperaría de un compañero de jolgorio. Lo que pasa es que no me dejo caer por esos lugares a no ser que camine en zigzag. Acuérdense del número bailongo con la canción de Queen abriendo la campaña de las catalanas. Qué momentazo. Ahí nos dimos cuenta de que había nacido una estrella.

La transversalidad de los comportamientos corruptos demuestra hasta qué punto en el socialismo no se tiene en cuenta si uno es hombre, mujer, alto o bajo, feo o guapo; lo importante está en el interior. La trama no había infectado solo a un grupito de élite, sino que supo extenderse como una tierna tortita con sirope, tan dulce y atractiva que era imposible resistirse. Premiaban sin que hiciera falta comprar boletos en la tómbola. Y a por otro perrito piloto.


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