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Lo que va de Epstein a Marlaska

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22.02.2026

Hace unos días, una afamada tertuliana, mitad algo y mitad otra cosa, defendía en televisión al ministro Marlaska argumentando que violadores hay en todas partes. Acabáramos. Los dedos se me hicieron huéspedes. Tiene parte de razón. Todas las calañas se reparten de tal modo que las encuentras en cada esquina, en cada reunión, solo que la idea no sirve como coartada para salvar al ministro. Hay exceso de violadores, rateros, pervertidos, lujuriosos y hasta crematomaníacos con dinero para asar una vaca, solo que cuando uno de ellos sale a la luz en forma de mariposa, hacemos como que no lo habíamos visto nunca porque admitir lo contrario condena nuestra conciencia al averno. Gritad conmigo que estáis de acuerdo. Como se dice en «La tempestad», «el infierno está vacío, y todos los demonios están aquí». En estos días, en el Ministerio del Interior.

Entre la clase media se camuflan con piel de camaleón oficinista o cartero. Es en los bajos y los altos fondos donde mejor se mueven y donde encuentran aliados que los protegen a sangre y fuego. Lo sabía El Vaquilla y lo sabía Epstein. Lo raro es que no lo tuvieran en cuenta personas tan singulares como las que aparecen en los documentos desclasificados. Puede entenderse en Andrés de Inglaterra, un narcisista estúpido que un día pensó que su madre sería eterna y que lo protegería más allá de la muerte en un retruécano gótico tan «british», tan de «Cumbres borrascosas», pero a Bill Gates y Elon Musk se les supone una inteligencia superior.

Hacía tiempo que habíamos descubierto la corrupción de bragueta rápida al ritmo del farlopín y del farlopón, sinvergüenzas que sisan de la caja y del sostén, pero el escándalo del magnate comprueba que las élites están podridas y que sus miembros se conectan entre sí convertidos en siameses globales. Desde nuestros nichos es difícil imaginar carros funerarios del tamaño de la mayor carroza de carnaval, pero resulta que hay estercoleros con perfume exclusivo habitados por personajes que visten de «lujo silencioso», un sencillo jersey con cuello a la caja de lana y cachemir de Loro Piana de 1.300 euros. Los que vivimos de una nómina sujeta a nuestro patrón y a la ministra de Hacienda no notamos la diferencia con uno de Uniqlo, pero ellos sí. Para algunos, Epstein es la metáfora del excremento existencial de nuestro tiempo, pero ese club ha existido siempre y quien entra no quiere abandonarlo. Como, en su escala, Marlaska, porque quién osa volver a ser normal.


© La Razón