Leyenda negra

Con la leyenda negra y las declaraciones del Rey pasa como con «Torrente»: lo mismo le saca la lengua Vox, que solo admite una visión épica filmada por Juan de Orduña, con Santiago Abascal haciendo de Aurora Bautista, que le pone mohínes la izquierda, o sea, Sheinbaum, esa monologuista de Latinoamérica. Diríase, pues, que el monarca está en «el lado correcto de la Historia». Solo es necesario tener pocas ganas de meter gresca para concluir que Felipe VI no se ha convertido en Ada Colau y que sigue siendo digno heredero de los Reyes Católicos. La pericia diplomática es algo que escapa a la brocha gorda de los extremos. Cuando el Rey ve un Velázquez, los conspiranoicos observan un lienzo de gotelé. No hay que mirar al pasado con los ojos del presente, así lo recalcó Don Felipe, pero tampoco teatralizar a la manera de un corral de comedias del siglo XVI, gritar para que les oigan las del gallinero.

Ni negra ni rosa. Toda gesta, hasta la llegada del hombre a la Luna, se acompaña de efectos colaterales. La perrita Laika fue un antecedente del perro de Oliver Laxe. Todos nuestros antepasados y los de los indígenas mexicanos murieron un poco por los siglos de los siglos, depende de quién tuviera el mando. Sheinbaum lo ostenta hoy, y antes López Obrador, y por eso los ciudadanos de allí viven tan plácida y prósperamente gracias al virreinato del narcotráfico y a los negocios de los supermillonarios, ¿verdad? Que les pregunten a las mujeres de Ciudad Juárez. Para el populismo mexicano, los conquistadores son los Franco de Pedro Sánchez, un puñado de desalmados que tienen la culpa de todos sus males.

El Rey ha expresado lo que cualquier historiador sensato admitiría por mucho que ordenaran Isabel y Fernando. Claro que es más ruidoso pedir las sales y mostrarse «estupefacto», que es una palabra que por sí misma expresa una manera de indignarse a lo tebeo, como «cáspitas», «carambola» o «zambomba». Vox se quedó en Doña Urraca, no en la reina, sino en el personaje de tebeo.


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