De la Tierra a la Luna, con desconfianza |
El día del niño recordé una frase de Stephen King, escrita –de todos los lugares –en una oda al Caballero de la Noche titulada «Por qué elijo a Batman» (Prólogo a Batman #400, octubre 1986). El maestro del terror anota: “Nunca crecí del todo, solo me creció más pelo en varias partes de mi cuerpo y un sentido de responsabilidad en el corazón”. Me encanta la frase, mucho más viniendo de quien viene, un autor capaz de helarnos la sangre con los mundos de terror que hallamos en sus obras, pero con el corazón de un niño que elige creer y leer al justiciero enmascarado de Ciudad Gótica.
Debo decir que esa es la forma en la que me siento cuando hablan del espacio, de la exploración espacial, del cosmos y tal: me siento un niño. Acabo de cumplir 51 años y mis canas, mis rodillas y mi gastritis tienen algo qué decir al respecto. Pero sí, amo ver “Interestelar” una y otra vez, sigo a Neil DeGrasse Tyson en todas las redes, trato de entender la teoría de cuerdas, y estuve atento a cada minuto de la misión Artemis II, que llevó a 4 astronautas al punto más lejano jamás alcanzado por la raza humana. Interrumpí una clase para ver el momento en que la nave Orión iniciaba su tránsito por el lado oscuro de la luna, y otra clase para ver el tenso momento de la reentrada de la cápsula Integrity a nuestra atmósfera. Como parte de la generación X, también debo decir que nunca nos repusimos del impacto que significó ver, cuando éramos chicos, al transbordador Challenger estallar a minutos de su despegue.
Entenderán entonces la decepción que siento cuando veo las publicaciones de la NASA, las fotos, los videos, las transmisiones, y me encuentro con reacciones de desconfianza, incredulidad, sorna y escepticismo. Por suerte no son la mayoría, pero no son pocas. No soy de entrar a leer los comentarios en el Facebook (para evitar perder la fe en la humanidad), pero me picó la curiosidad esta vez. “Dejen de mentir, es todo un armado de la NASA”. “Hmmmm eso parece Hollywood nomás”. “Están desviando la atención de lo del estrecho de Ormuz”. “Esa foto yo la hago con IA en dos minutos” (sobre la foto de nuestro planeta de noche).
No voy a hablar de los terraplanistas o de mediocres que buscan la polémica fácil para ganar likes e interacciones. El problema es con quienes desconfían honestamente de la información que se les presenta, y hay que darles algo de razón.
Primero: los tiempos que corren hacen que estemos enfrentados, día a día, con una cantidad abrumadora de noticias falsas. Enredos, falacias, políticos que hacen de la mentira una forma de vida, publicaciones hechas con inteligencia artificial que siembran confusión en la sociedad. En un entorno como éste, es lo más natural hallar personas que desconfíen y que no tomen al pie de la letra lo que ven o leen. “¿Por qué dejamos de ir en 1972?”, decía un comentario. “¿Por qué no aterrizan en la luna, si ya se hizo antes?”. Claro que hay una explicación, pero la duda está sembrada.
Segundo: si bien la carrera espacial siempre estuvo rodeada y contorneada por el romanticismo que le dieron múltiples ficciones, léase de Isaac Asimov, de Arthur C. Clarke, de Julio Verne o de tantos otros, el impacto que ve el ciudadano de a pie en su día a día es casi nulo. ¿Llegamos a la luna? Mira tú, yo aquí pagando la reparación de mi motor por la gasolina basura.
Tercero: hemos perdido mucha capacidad de asombro. Si hay titulares que nos confunden y desinforman, hay otros que ya no nos hacen levantar media ceja. Nada ya parece sorprendernos, en un mundo en el que poderosos parecen salirse con la suya, y bombardear hospitales y escuelas es un delito que queda impune según quién lo cometa.
La exploración espacial marcó el pulso de la década de los 60. La ganadora de la batalla geopolítica entre los EE. UU. y la entonces Unión Soviética fue la ciencia, que amplió sus horizontes hacia el espacio. La desconfianza actual no se soluciona con posturas de una intelectualidad superior; corresponde explorar enfoques de difusión científica que logren ampliar ese horizonte en las mentes de nuestra sociedad. La misión Artemis IV planea, en 2028, pisar el terreno de nuestro satélite, sentando así las bases para futuras estaciones lunares de investigación. Espero que, para entonces, hayamos trabajado, aunque sea un poco, para ser más receptivos con la ciencia y con sus alcances.