Mujeres, poder y religión

No hay lugar en el que el ascenso de las mujeres hacia la igualdad se produzca con mayor lentitud que en la religión. En 2026 son pocas las que permiten a las mujeres ocupar posiciones de relevancia institucional; en algunas, como el islam, resulta impensable imaginar siquiera tal posibilidad. Paradójicamente, siglos atrás, en la Edad Media, ciertas tradiciones islámicas ofrecían a las mujeres prerrogativas con las que las cristianas apenas podían soñar, como higiene personal, gestión de patrimonios e incluso ciertas funciones económicas o educativas. Hoy las religiones musulmanas parecen ancladas en el siglo XI, mientras que la iglesia católica ha avanzado hacia mayores cotas de inclusión femenina, aunque sin otorgar el acceso a los puestos de responsabilidad eclesiástica más altos. La iglesia Anglicana, en cambio, ha trazado un camino más decidido hacia la igualdad formal. Desde hace décadas ha ido abriendo espacios jerárquicos a las mujeres, hasta culminar en un hito reciente: el nombramiento de la primera mujer como arzobispa de Canterbury. No es solo un gesto simbólico, es un hecho que desafía la idea de que el poder espiritual sea patrimonio exclusivo del hombre. Como decía Simone de Beauvoir, «no se nace mujer: se llega a serlo»- y podría añadirse, que hoy se llega también a ocupar espacios de poder que la tradición histórica negaba. Cabe preguntarse si este ejemplo se replicará en otras confesiones y si con el paso de los años y los siglos veremos papisas, ayatolás o equivalentes femeninos en posiciones del mundo religioso. La cuestión no es meramente anecdótica: la incorporación de mujeres a la cúpula eclesiástica transformaría seguramente, no solo la gestión interna, sino también la percepción social del poder y la autoridad y la manera de ejercerlo. Tal vez no sea garantía de justicia absoluta; pero constituye un movimiento hacia la inclusión y la visibilidad, desafía siglos de jerarquías exclusivamente masculinas y abre la puerta a un debate sobre ética, liderazgo y género. La evolución de la consideración de la mujer en la iglesia anglicana no es un hecho aislado, sino un recordatorio de que la tradición puede transformarse y, al hacerlo, quizás salvar el mundo de esa belicosidad mucho más masculina que femenina, que lo tiene atrapado y puede acabar con él y con todos los seres humanos.


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