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El asesino que quería ser asesina

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saturday

El celador de Olot, ese tipo que pese a su aspecto tierno y desvalido y la confianza de los ancianos y sus familiares asesinó a once viejecitos, inoculándoles detergentes y otros productos químicos, que les provocaron un sufrimiento atroz -al menos a los últimos tres-, además de la muerte, ahora quiere ser mujer. Hace más de un año, Joan Vila Dilmé comenzó su proceso de transición, en la prisión de Puig de les Basses, donde cumple su pena de 127 años; y piensa continuarlo hasta que se complete con la ayuda de los profesionales de la sanidad pública. De hecho, se encuentra en lista de espera para lograrlo y, entretanto, ha cambiado de módulo y está ya en el de mujeres. Durante el juicio de sus pavorosos crímenes en la residencia de la Caridad de Olot -que confesó uno por uno convirtiéndose en el mayor asesino en serie en España en el siglo XXI-, aseguró que él era «una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre», así que no es algo que se le haya ocurrido entre rejas ni que suponga ningún beneficio penitenciario. Supongo que la compasión o esa voluntad de su rehabilitación que deberíamos de tener con cualquier delincuente, por malvadísimo que sea, nos obliga a aceptar su decisión y a ayudarle a no sufrir más en esa otra cárcel que es la de vivir en el cuerpo equivocado. Pero, déjenme confesar mis dudas, políticamente incorrectas. Tal vez porque descubrí los más abyectos pormenores del caso en el fantástico libro que Matias Crowder publicó en la colección Sinficcion (Alrevés) que dirijo y prologo, me cuesta un trabajo ímprobo mantenerme a la distancia adecuada y en estado de templanza. No puedo evitar pensar en el engaño consciente de este hombre, que culpaba de su falta de sociabilidad a los demás, hacia esos pobres mayores desvalidos; tampoco su crueldad al pasar de medicamentos a productos de limpieza a la hora de aniquilarlos, desdeñando su padecimiento. Y me pregunto ¿aunque él provocara el tormento de otros, nosotros debemos aliviar el suyo? Si algún día volviera a la calle, ya no como hombre, sino como mujer ¿sería una buena persona? ¿O su nueva identidad evitaría la prevención y le facilitaría volver a matar ya no como asesino sino como asesina?


© La Razón