E la nave va |
El título de esta columna es el de una película de Fellini de los 80 en la que embarca junto a un grupo de personalidades de la alta sociedad europea para llevar las cenizas de una célebre diva de la ópera para arrojarlas al Mar Egeo. En realidad nada tiene que ver con el propósito de estas líneas más que en el tema de la nave, en referencia al cohete que ha despegado de la misión Artemis II en su viaje a la luna y, en este caso, sin ninguna ceniza que esparcir más que las de los ceses que se están produciendo tanto en España como en la administración Trump, el más reciente el de Pam Bondi, fiscal general de los Estados Unidos por sus desencuentros por el caso Epstein. Este caso viene muy seguido del de la Secretaria de Seguridad Nacional y responsable de la política migratoria. Pero aún hay más: el Pentágono obliga a dimitir al máximo responsable del Ejército de tierra, forzado por Pete Hegseth, Secretario de Estado de Defensa y hombre siempre pegado a la chaqueta de Trump junto con Marco Rubio, los dos hombres fuertes del Presidente.
Aquí se produce el cese de Escribano frente a Indra, una dimisión forzada en realidad, y la semana anterior del de la Montero para encabezar la lista del PSOE en las elecciones Andaluzas, un camino al calvario que la conducirá a la nada, lo mismo que Pilar Alegría en Aragón. Así, en la noche plateada en que la nave Artemis alzó el vuelo, no llevaba solo tecnología ni sueños científicos: transportaba un curioso cargamento simbólico, una colección de cenizas que parecían susurrar historias de poder, caída y memoria. Aquellas urnas, alineadas como estrellas apagadas, contenían los restos de quienes alguna vez ocuparon los más altos despachos, tanto al otro lado del océano como en la vieja España. El viaje no era un funeral, sino una alegoría del relevo eterno. Artemis, como una barquera cósmica, surcaba el vacío no para enterrar, sino para transformar. Cada partícula de ceniza era una decisión pasada, un decreto firmado, una palabra pronunciada en salas donde el eco pesa más que la voz. En su trayecto hacia la Luna, la nave parecía despojar a esas figuras de sus títulos y controversias. Allí, lejos de parlamentos y titulares, todos eran iguales: polvo suspendido en la misma oscuridad que los había visto ascender. Las cenizas de aquellos cargos estadounidenses, junto a las de María Jesús Montero y Escribano, viajaban juntas, sin jerarquías, como si el espacio se negara a reconocer fronteras o ideologías. La Luna, silenciosa testigo, aguardaba como un archivo antiguo. No juzga, no olvida: simplemente recibe. En su superficie, marcada por impactos de otras eras, se dibuja la lección que Artemis venía a recordar: todo poder es transitorio, todo nombre acaba reducido a esencia. Cuando finalmente la nave liberó su carga, no hubo aplausos ni discursos. Solo un leve destello, como si el pasado se disolviera en el infinito. Y, sin embargo, en ese gesto mínimo, quedaba sembrada una advertencia para los vivos: gobernar es pasajero, pero las huellas —como las de la Luna—, perduran más allá de quienes las dejaron. De esta forma Artemis no solo completó un viaje espacial, sino uno moral: convertir el peso del poder en la ligereza del polvo estelar.
CODA. Dice un titular de una conocida revista digital que vuelven los tacones, pero creo que nunca se han ido. Que se lo pregunten a Melania, cuyo documental no tiene desperdicio y en el que hemos podido comprobar que los stilettos son pieza insustituible en su día a día.