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El fraude que se disfraza de democracia

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02.06.2026

Hay una forma de fraude que no necesita falsificar documentos en la oscuridad ni alterar urnas en habitaciones cerradas. Es un fraude más sofisticado, más cínico, y en muchos casos más efectivo; es aquel que se ejecuta a plena luz del día, con la maquinaria del Estado como herramienta, y con la lentitud burocrática como arma. Un fraude que no niega el voto, sino que lo agota, lo demora, lo extravía, hasta que el ciudadano, rendido, simplemente se va a su casa.

La primera señal es siempre la misma; la no instalación de mesas electorales en determinadas zonas. No en todas las zonas, claro está. Siempre en aquellas donde se anticipa que el candidato incómodo —el que no conviene al poder— cosecha mayor respaldo popular. Las excusas son infinitas y perfectamente intercambiables: faltaron materiales, no llegó el personal, hubo un contratiempo logístico. El sistema falla exactamente donde necesita fallar. Esta no es casualidad. Es precisión quirúrgica disfrazada de incompetencia.

El retardo en la apertura de los centros de votación cumple una función matemática y psicológica a la vez. Si una mesa abre cuatro horas tarde en un sector donde los votantes trabajan en jornadas largas, o donde el transporte público es escaso, o donde el sol aprieta sin misericordia, el resultado es predecible; parte del electorado no regresará. La espera desgasta. El hartazgo vota en blanco. Y el sistema que debería garantizar el ejercicio del sufragio se convierte, silenciosamente, en su verdugo.

La distribución........

© La Razón