Leopoldo Calvo-Sotelo, cien años

Leopoldo Calvo-Sotelo ha sido el presidente más culto, más inteligente, mejor preparado, entre los que a lo largo de la Monarquía parlamentaria española ocuparon la silla curul del palacio de la Moncloa. En el ejercicio de su gestión era la seriedad, la eficacia, el orden… Lo despachaba casi todo de forma inmediata y sorprendía a sus visitantes con una mesa de despacho limpia de papeles. Congresista dialécticamente formidable, barría con facilidad a sus rivales durante los debates en el Congreso de los Diputados. No disimulaba su cultura. Tampoco su inteligencia. Ni su brillantez. Y lo pagó muy caro en las elecciones generales. Fue derrotado sin paliativos. Ni siquiera consiguió el acta de diputado.

Tenía un conocimiento profundo de la música y amaba, sobre todo, la obra inmensa de Wagner. Conocía la literatura clásica y la actual. Escribía sus ensayos con profundidad acompañada por una descarga demoledora de ironía. Habría cumplido ahora cien años y se le recuerda como uno de los grandes personajes de la Transición. Durante el franquismo estuvo en contra de la dictadura y al lado de Don Juan III y su Monarquía de todos. Se reunía con sus amigos en el quiosco España del paseo de la Castellana. Una tarde un grupo de falangistas perteneciente al sector fundamentalista de Falange rodeó a los jóvenes monárquicos exigiéndoles alzar el brazo y cantar el Cara al sol, Calvo-Sotelo permaneció impasible y se libró de una cruel paliza porque llegó a tiempo la policía.

Una de sus grandes ambiciones fue ser elegido académico de la Real Academia Española. Almorzó un día conmigo y me pidió que pilotara la operación. Lo hice con mucho gusto. A los diez o doce días le dije que no tenía ambiente en la Academia y que si se presentaba le ocurriría lo que a Romanones. No se lo creyó y buscó otra vía, creo que con Víctor García de la Concha. Recibió la misma respuesta. Irritado por el rechazo, y entristecido, esa frustración le acompañó el resto de su vida. La realidad, en todo caso, es que su nombre permanece destacadamente en la Historia de España. Fue un gran presidente del Gobierno, la solución vertebrada por Juan Carlos Guerra a un Adolfo Suárez decadente y desnortado y la firmeza para combatir las consecuencias del intento de golpe de Estado.


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