La desilustración

Al explicar el sentido de su clásico “Fahrenheit 451” (1953), Ray Bradbury advirtió: “No hace falta quemar libros para destruir una cultura; basta con que la gente deje de leerlos”. Años después, Neil Postman observó que Aldous Huxley, en su distopía “Un mundo feliz” (1932), había anticipado un riesgo distinto al de George Orwell en “1984”: “Orwell temía a quienes prohibirían los libros; Huxley, en cambio, temía que ya no hiciera falta prohibirlos, porque nadie querría leerlos”. A la luz de lo que ocurre hoy, ambos tenían razón. Ya no se necesita censura estatal ni hogueras inquisitoriales: bastan un smartphone, algoritmos que recompensan el ‘scroll’ infinito y una generación que considera innecesario el esfuerzo de leer un libro.

El columnista británico Rod Liddle lo resumió con crudeza: “Primero muere la lectura, luego el conocimiento, luego la ciencia. Es la Desilustración”. Y no exagera. Estamos presenciando, en tiempo real, un retroceso civilizatorio que no proviene de bárbaros a las puertas, sino de una renuncia voluntaria a los logros culturales de la Ilustración del siglo XVIII. Lo más inquietante es que casi no lo advertimos, porque se trata de un proceso silencioso, altamente adictivo y, además, muy rentable para las grandes empresas tecnológicas.

La lectura profunda -la que exige atención sostenida, inferencia, anticipación y diálogo interno con el texto- está en........

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