Y Jesucristo “¿descendió a los infiernos?”…

El pasado 18 de febrero fue el “miércoles de ceniza” que dio comienzo el tiempo de la Cuaresma. Tiempo de 40 días que termina la noche del Jueves Santo -con la Última Cena- que da comienzo al Triduo Pascual del Jueves, Viernes y Sábado de la Semana Santa. Que evocan los 40 días que pasó Jesús en el desierto, ayunando y sacrificándose como preparación para el comienzo de su ministerio público. Y los 40 años de Moisés y los judíos por el Sinaí de purificación previa para poder acceder a la “Tierra Prometida”. La Cuaresma es pues un tiempo de sacrificio mediante el ayuno y la abstinencia, y de meditación y voluntad de conversión, ofrecida como preparación para la Pascua de la Resurrección del Señor que este año es el próximo domingo 5 de abril. En el marco de este singular tiempo litúrgico parece oportuno meditar acerca de una verdad recogida en el Credo de la Fe Católica Apostólica y Romana, que centenares de millones de fieles recitan con normalidad y que no siempre es debidamente comprendida desde una visión exclusivamente racionalista. Es la frase: “…fue crucificado, muerto y sepultado/, DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS/, al tercer día resucitó de entre los muertos/...” En no pocas ocasiones se ha planteado cómo Jesucristo pudo “descender al infierno” siendo Dios y hacerlo además mientras yacía muerto en el sepulcro antes de su resurrección. Desde esa perspectiva racionalista, parece una contradicción que el Señor “descienda a los infiernos” y que además lo haga durante los tres días en que todavía no ha resucitado. La respuesta se encuentra también en la Sagrada Escritura y de manera destacada en el evangelio de San Lucas 16,31, en la parábola de rico Epulón y el mendigo Lázaro. Teológicamente, Jesús es “Verdadero Dios y Verdadero Hombre”, teniendo las dos naturalezas -la Humana y la Divina- “en la unidad de Su Persona”: Dios Hijo, la 2ª de la Santísima Trinidad. De tal manera que durante los tres días previos a su resurrección, en el sepulcro yacía el cuerpo de su naturaleza humana, mientras su naturaleza divina descendía a los infiernos para anunciar -a las almas de los justos que se encontraban expectantes en el “seno de Abraham”- su victoria sobre la muerte terrenal, que ya no tenía la última palabra. Abriendo la puerta de acceso al Cielo, cerrada desde el pecado original cometido por nuestros primeros padres Adán y Eva. Y 40 días después ascendió glorioso a los Cielos, acompañado de multitud de almas de santos y justos, encabezados por Abraham, Moisés, Jacob y los profetas. Esperando anhelantes llegara ese momento. Puertas que siguen abiertas para “todos”…


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