Puerto Busch, la salida que Bolivia decidió no usar |
Bolivia no está encerrada. Tanto tiempo nos han repetido que no tenemos salida al mar, que hemos aprendido a comportarnos como un país enclaustrado.
Durante casi siglo y medio se machacó que nuestra condición mediterránea era una condena. En realidad, fue una coartada para justificar lo que nunca se quiso resolver. Bolivia tiene una salida soberana al Atlántico. Y no la usa.
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Puerto Busch, en el extremo sudeste del país, sobre el río Paraguay, nos conecta con la hidrovía Paraguay-Paraná. Desde allí, la producción boliviana puede llegar al océano Atlántico sin depender de terceros. No es una aspiración. Es un acceso real.
No fue un regalo. Costó territorio. Costó sangre. El Tratado de Petrópolis de 1903, tras la pérdida del Acre, dejó planteada la necesidad de asegurar una vía alternativa. Décadas más tarde, la Guerra del Chaco volvió a poner en disputa ese espacio. Bolivia logró conservar un tramo soberano sobre el río Paraguay.
Por muchos años fue poco más que nominal, sin presencia estatal sostenida. La zona permaneció bajo influencia extranjera hasta que, en 1952, se fundó Puerto Busch. La generación marcada por la Guerra del Chaco tomó conciencia de la necesidad de afirmar soberanía sobre ese territorio. Fue un acto de presencia estatal, no de desarrollo logístico. Con el tiempo, comenzó a adquirir una dimensión económica, a partir del desarrollo del comercio fluvial.
Lo que hoy se invoca como una salida al mar no sólo existe. Fue preservada a un alto precio y luego abandonada. Puerto Busch no es hoy un puerto operativo. Carece de infraestructura y de una conexión eficiente con el resto del país. Es una salida sin articulación.
Bolivia produce, o puede producir, mucho más de lo que hoy coloca en el mundo. El hierro del Mutún sigue esperando, pero la soya del oriente y la cadena agroindustrial ya sostienen una parte decisiva de la economía real. Aun así, una parte importante de esa carga continúa saliendo por puertos extranjeros. Eso eleva costos y reduce la competitividad.
Nos hemos acostumbrado a la dependencia, aun teniendo una alternativa propia al alcance. Puerto Busch permitiría recuperar control sobre nuestra vinculación con el comercio internacional, a menor costo y con mayor margen de decisión.
No estamos ante una idea. Estamos ante una ventaja concreta. Lo que nunca existió fue la decisión de convertirla en realidad.
Porque Puerto Busch no es un punto aislado. Es la pieza final de un sistema imprescindible que hasta ahora no se ha querido construir. Por eso, la producción avanza sin conexión suficiente con el transporte, y la exportación queda atrapada en esa desarticulación. Sin tren, con carreteras precarias y sin una visión logística sostenida, el puerto no pasa de ser una promesa.
Lo más grave no es que Puerto Busch siga inconcluso. Es que el país dejó de considerarlo una prioridad nacional. Periódicamente se habló de integración y de corredores bioceánicos. Se acumularon anuncios que no cambiaron nada. Bolivia sigue sin resolver cómo sacar su producción al mundo sin depender de otros.
Pasaron décadas con estabilidad relativa y recursos extraordinarios sin que se avanzara en lo fundamental. Faltó capacidad, pero faltó, sobre todo, voluntad.
Hoy vuelven a suscribirse acuerdos de integración con Brasil y reaparece la expectativa de una conexión más efectiva hacia el Atlántico. Puede ser una oportunidad, si no repetimos los mismos errores del pasado. La integración puede facilitar rutas, pero no reemplaza la decisión boliviana de ejercer soberanía sobre su propia salida.
Bolivia sigue atada a puertos ajenos. Depende de condiciones y voluntades externas. Ha terminado aceptando esa situación como si fuera inevitable, mientras mantiene inactiva su única salida soberana. No es un problema geográfico. Es una renuncia.
La salida existe. Bolivia puede dejar de depender de otros para conectarse con el mundo. Falta la decisión de usarla.
(*) Johnny Nogales Viruez es abogado y analista político