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Después de la tormenta

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friday

Durante más de siete semanas, millones de bolivianos vieron alterada su vida cotidiana por bloqueos, amenazas, desabastecimiento e incertidumbre. Lo que aparentemente comenzó como un conflicto impulsado por demandas económicas y sectoriales terminó revelando una realidad muy distinta.

El conflicto nunca fue solamente económico. Tampoco sindical. Las demandas cambiaban. El objetivo, no.

Lo que estaba en juego era la preservación de un sistema de poder construido durante casi dos décadas y sostenido por una compleja red de estructuras políticas, corporativas y burocráticas que sobrevivieron incluso al cambio de gobierno.

Por eso resultó tan difícil encontrar una salida mediante la negociación.

Cuando las reivindicaciones son concretas, también pueden serlo las soluciones. Pero cuando lo que se intenta preservar son espacios de influencia, mecanismos de protección, privilegios o capacidad de veto, las concesiones rara vez ponen fin al conflicto.

En distintos momentos existió el riesgo de que la presión desembocara en una ruptura institucional. No ocurrió. Y ese desenlace merece ser valorado por quienes creen que los gobiernos deben cambiarse mediante las urnas y no mediante el chantaje, la coerción, la agresión o la paralización del país.

La democracia resistió. Pero la crisis dejó al descubierto las debilidades del Estado.

La actitud serena y valiente........

© La Razón