La blanca sombra de Antonio Gala |
En el antiguo convento del Corpus Christi, oculto en un lateral de la judería cordobesa, descansan las cenizas de Antonio Gala. El autor de La pasión turca fue uno de los poetas y narradores más queridos del siglo XX. También por mí. Por eso quise ir a verlo. Hacía tiempo que no hablábamos. Lo encontré feliz, jugueteando bajo un olivo, cerca de un azulejo que recuerda que lleva allí desde el día de San Antonio de 2023. La cerámica confirma que el jardín y las celdas contiguas se han convertido en su hut djet, en su casa de eternidad. Así llamaban los antiguos egipcios a sus tumbas. Pero el inmueble no es un lugar fúnebre. Al contrario. Es la sede de la Fundación que lleva su nombre y que se llena de vida, casi como por milagro, curso tras curso. Desde hace casi veinticinco años, sus paredes acogen a la última academia renacentista de España. Allí, catorce jóvenes menores de treinta años son becados cada temporada para que impulsen, intramuros, una primera gran novela, una colección de relatos, tal vez poemas, o una obra pictórica, escultórica o musical. Solo se les exige hablar la lengua de Cervantes y tener un proyecto claro. Durante ocho meses, los residentes comparten refectorio, salones, zonas de trabajo y hasta una fuente centenaria junto a la que parlamentan de sus sueños o filosofan sobre el misterio de la vida. Lo sé porque al ir a conversar con Antonio, los he visto.
Pablo ha llegado de México y anda pergeñando la historia de un convento emparedado entre casas, en Puebla, descubierto años atrás por un detective. Compartimos confidencias sobre las clausuras y los fenómenos místicos mientras Alba, llegada del Perú, me cuenta sobre versos que hibridan humanos y animales, como los ídolos de Chavín de Huantar. Cerca, Nani anima las pinturas negras de Goya y las hace brotar de su pantalla con una música sembrada de metareferencias. Rafael, al lado, compone desde el dolor de una pérdida reciente. Una planta por encima, los pintores del grupo –Dani, Ani, Eva y Andrea– manchan de azul, negro y rasgaduras, lienzos y páginas de cómic. A todos les seduce el más allá. Es normal. El arte habla con naturalidad con vivos y muertos porque se sabe fuera del tiempo, eterno. Y allí, en el Corpus Christi tomado por la blanca sombra de Gala, eso se tiene muy en cuenta.
José María, sobrino del escritor, me lleva a la biblioteca. Me enseña las estanterías en las que se guardan las obras de su tío y me tiende un ejemplar en árabe de El manuscrito carmesí. «Antonio decía que esa traducción se la pagó un millonario saudí llamado Osama bin Laden». Detrás de nosotros noto a la sombra reírse. Su biblioteca es impresionante: no solo reúne la colección del genio, sino también los libros que se han compilado en nombre de la Fundación y que llenan las horas de los residentes mientras crean. A dos pasos, atravesando su antigua iglesia convertida en salón de actos, se abre un pequeño museo con el resto de su memorabilia. Duermen ahí sus célebres troneras para El Mundo, sus bastones, sus cuadernos de letra pequeña, y hasta el trofeo de plata de su Premio Planeta, atesorando sulfuro.
El paseo por los dominios de la sombra me cruza con Adolfo Víctor, poeta tinerfeño en vías de destilar la densidad del mundo, o con Paco, que moldea en barro ídolos que parecen caídos de otro mundo. «¿Sabías que Antonio y yo hablamos durante meses sobre extraterrestres?», me atrevo a confesar al fin a su sobrino. José María me mira sin sorprenderse demasiado, y entonces le cuento que cuando Gala anduvo escribiendo El imposible olvido, me preguntaba si no sería demasiado aventurado creer que hubiera alienígenas caminando entre nosotros y de los que pudiéramos enamorarnos. «Loco no es», le dije. «De hecho, ya ha sucedido». Y le expliqué –para su deleite– las mil y una historias de supuestos contactados que han referido situaciones así. En 1957, un campesino brasileño llamado como la sombra, Antonio, fue seducido por una mujer de otro mundo en Minas Gerais. Y en Madrid, una tertuliana del Café Lyon, Isabel, mantuvo en tiempos de la dictadura una relación epistolar con Saliano, un visitante del planeta Auco. Entonces no existían IAs ni bots de los que prenderse, pero a aquellos corazones heridos no les importó. «No sé de qué se enamoraron exactamente, pero se enamoraron», le expliqué.
Antes de convertirse en una sombra blanca y feliz, Antonio tomó nota de esas historias. Terminaría transformándolas en literatura, como aquellos alquimistas capaces de transmutar cualquier plomo en oro. Con su ejemplo me mostró el procedimiento para hacerlo. Por eso, regresar a él, encontrarlo flotando en su academia, y escuchar junto a la ilustre fuente del claustro las historias de sus pupilos, me ha hecho feliz también. Ha sido mágico pasear al alba entre las columnas de acarreo de los pasillos, detenerme en el museo vivo gestado por esos jóvenes, y escuchar a lo lejos las campanas de la Mezquita-Catedral pintando la atmósfera.
Ahora puedo decirlo: la sombra de Antonio sale cada noche de su olivo y siembra el aire de la electricidad que necesita el creador. Bajo sus hojas de plata me he dado cuenta de quién fue Antonio de verdad: un terrestre extra, que es mucho más que decir un extraterrestre. Y de esos, claro, uno sí puede enamorarse.
Javier Sierraes, como Antonio Gala, premio Planeta de novela.