La estatua de César Chávez
Hace unos días se dio a conocer un reportaje del New York Times en el que se denuncia que César Chávez abusó y violó a varias mujeres, incluso a niñas, a lo largo de los años. La noticia me dejó helado. No sólo a mí, sino a todos aquéllos que hemos encontrado en la persona de Chávez al representante más alto de la lucha de los mexicanos en Estados Unidos por sus derechos humanos. Esta lucha sigue siendo una batalla admirable por la justicia, por la dignidad, por la humanidad de nuestros compatriotas del otro lado de la frontera.
Lo que yo ignoraba, como millones de personas más, es que ya había un murmullo de críticas y reproches al respecto, que se conocían en el entorno más cercano al líder. Como sucede en casos semejantes, las mujeres violentadas no se atrevieron a hacer denuncias públicas porque no tenían los canales para hacerlo, porque pensaron que no les iban a tomar en serio e incluso porque prefirieron proteger a su agresor por lo que significaba dentro de un movimiento en el que ellas también participaban.
Dolores Huerta, que fundó junto con Chávez el sindicato de trabajadores agrícolas, y que tuvo en ese movimiento un liderazgo sólo comparado al de él, reveló, a sus 95 años, que Chávez la violó en una ocasión y que en otro momento la presionó para tener relaciones sexuales con él. Por si fuera poco, a Dolores Huerta se le desplazó del centro de la atención para favorecer la figura de Chávez. El artículo del New York Times también narra los testimonios de dos mujeres que fueron abusadas por Chávez cuando eran menores de edad.
Aviso de lo que viene
Lo que duele más es que, en sus discursos, Chávez fue un crítico de la cultura machista. En su importante libro César Chávez and the Common Sense of Nonviolence, José Antonio Orosco, profesor de filosofía en la Universidad Estatal de Oregon, dedicó un capítulo entero a examinar la crítica de Chávez del machismo, conectándolo con su pensamiento en favor de la no-violencia como una vía del cambio político. De acuerdo con Orosco, Chávez sostuvo que el movimiento chicano debía acabar con la violencia estructural del machismo, que reproducía, dentro de la familia, la violencia estructural padecida por los mexicanos en la sociedad estadounidense. La emancipación de todos los mexicanos-estadounidenses, pasaba por la emancipación de las mexicanas-estadounidenses, por el desmantelamiento del patriarcado. Según Orosco, Chávez propuso un modelo diferente de masculinidad mexicana. El hombre mexicano no tiene que ser violento para ser un hombre de verdad, por el contrario, debe encontrar en la no-violencia el camino para su desarrollo personal armónico, saludable, valioso.
Por desgracia, no hubo coincidencia entre las palabras y las acciones de Chávez.
Las consecuencias del artículo del New York Times han sido inmediatas. En varios lugares de Estados Unidos, el 31 de marzo se conmemoraba de manera oficial el Día de César Chávez. Esta conmemoración será descartada, y si el día festivo sigue siendo guardado será para recordar el movimiento de los derechos de los trabajadores agrícolas. El golpe para el movimiento en defensa de los mexicanos y, en general, de los latinoamericanos en Estados Unidos será muy duro. Los críticos más cínicos dirán que Chávez fue tan inmoral y perverso, tan como cualquier otro de sus oponentes, y de ahí intentarán forzar la conclusión de que el movimiento de defensa de los derechos de los mexicanos en Estados Unidos carece de justificación moral y política.
¿Qué hacer con la estatua de César Chávez? ¿La derrumbamos, a pesar de todo lo bueno que hizo por la causa? ¿La dejamos en pie, a pesar de saber que su conducta fue reprobable y, lo que es peor, criminal? ¿La hacemos más pequeña, como para buscar una especie de término medio?
Hay que recordar las ideas de Chávez en contra de la violencia del patriarcado para juzgar a Chávez, el ser humano que no supo estar a la altura de lo que pregonaba. Lo que no podemos olvidar jamás es su contribución a la causa política, social y humana de la emancipación de los mexicanos y, en general, de todas las minorías en Estados Unidos.
Una guía Lezama para la historia de Cuba
