Toneladas de caca en la ciudad
El anterior domingo se dio la casual paradoja de que fuimos a pie –tal es la exigencia de nuestro sistema electoral– a votar por un nuevo alcalde remando entre toneladas de caca de perro distribuidas por todas partes, aceras, pistas, plazas, umbrales y puentes urbanos.
No tengo ninguna inclinación escatológica, así que escribir el anterior párrafo me produjo tanto asco como seguramente a ustedes, lectores, el leerlo.
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Pero bueno, lo cierto es que la cosa existe, y de todo lo que existe es posible escribir y leer. He tenido un par de experiencias cercanas con ello, supongo que como todos, y considero que tal “paso” es la peor mala pata que uno pueda tener. Corresponde al orden de lo sádico que se quiera presentar, supersticiosamente, como lo contrario: un golpe de buena suerte.
Pero aun sin caer del todo en ello, si se me entiende, caminar a través de un campo minado con bombas biológicas de todas las formas, colores y consistencias, no es precisamente disfrutar de la “calidad de vida” de la que tanto hablaron los contendientes municipales.
Me preguntarán a quién culpo de este desborde de detritos sobre las calles de nuestra ciudad y, claro, siguiendo la lógica científica más ordinaria (una causa que produce un efecto), tengo que llegar derechamente al Autor, el Perro. O, más bien, la Manada. Una enorme jauría que existe en tanto está articulada por la voluntad criadora de los paceños y que reúne desde bulldogs hasta pastores alemanes, pasando por poodles, huskys, chihuahuas, labradores, chapis y cookers spaniels; sin olvidar a los caniches ni tampoco, faltaría más, a los aterradores pitbulls. Y muchos otros más que no tengo espacio para mencionar por sus nombres propios, que por favor me disculpen.
Todos estos “peluditos” son los culpables científicamente determinados de la transformación de la ciudad cada fin de semana, y en especial en día de elecciones, en una gigantesca letrina perruna. De tales vientres, tales rosas. Claro que los susodichos no hacen más que lo que buenamente saben y pueden hacer. ¿Cómo se podría esperar otra cosa cuando además se los saca a la calle con la expresa intención de que hagan eso allí y no dentro de las casas en las que viven? Responde al feroz espíritu propietarista de los paceños que defiendan con celo la limpieza de sus hogares y al mismo tiempo se caguen (verbo preciso) en la higiene de las vías públicas.
Con lo que llegamos al punto en cuestión. Si el dilema es de tal tesitura –dado que los Autores de la Cosa son incapaces de desplegar un comportamiento diferente–, una solución posible, entonces, o al menos así lo quiere la normativa municipal, es que los “papás” y “mamás” de esta inmensa bola de “peluditos” se den a la tarea de empaquetar las excreciones de sus “hijos” e “hijas” en bolsitas de un costo cercano a cero y las depositen en los basureros.
Esta es una solución probada como eficaz en muchos otros sitios, pero que aquí entre nosotros resulta más bien utópica por dos razones.
En algunos barrios, porque qué más da que los perros se entreguen a tales profusiones si igual no hay aceras ni alcantarillas ni iluminación eléctrica en ellos. Vivamos nomás como en el campo, donde, si se quiere sobrevivir, no hay que hacerse remilgos con el estiércol, porque desde la noche de los tiempos el estiércol ha sido parte consustancial de la ocupación humana de un territorio.
En otros barrios, porque los potenciales recogedores de las bolsitas están acostumbrados a dejar las tareas ingratas en manos de un abundante y diligente personal indígena, que, así como les hace las camas, les prepara la comida, les construye las casas y demás, también les barre y limpia las porquerías caninas. ¿Sentirá alguien al pasear con su perro un poco de compasión por estos trabajadores de la basura (verdaderos héroes municipales) que cada día deben sumergirse en un baño de mierda para recibir a cambio, con suerte, un salario mínimo nacional?
Y aquí corto este discurso, que me conduce por sendas llenas de amargura. Que nadie me pida una solución al problema, porque, no soy bobo, estas cosas no se resuelven con leyes ni normativas ni inspectores ni cámaras en los árboles. Estos fenómenos provienen del fondo de nuestra historia y por eso justamente nadie quiere verlos. ¿Acaso antes de la Revolución Nacional los caballos y las vacas no eran más importantes que los pongos que los cuidaban? Si lo dudan, lean “Raza de bronce” de Alcides Arguedas, insospechable de ser un cripto-trotskista.
Así que me resigno a no ver a mi hija jugar en los parques de mi barrio, todos cochinísimos, y me encargo de desarrollar en ella un ojo avizor y un cuerpo flexible para evitar que se pringue cuando vamos caminando al “Mega”. “Aprende Julia –le digo– cómo se anda en nuestra ciudad: dando alternativamente una mirada al frente, para no caer, y otra al piso, para no enmierdarse”.
(*) Fernando Molina es periodista.
