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Iteración

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03.08.2026

Tradicionalmente pensamos la diferencia como una variación o desviación de algo que debería ser idéntico: por ejemplo, “A” es diferente de “B” en tanto “B” no es idéntico a “A”, lo cual presupone que “A” y “B” son cosas ya identificadas —es decir, primero la identidad, y luego la diferencia. Pero si observamos cómo funciona una palabra —un enunciado—, esa jerarquía se invierte: ninguna palabra o enunciado podría funcionar como tal si no pudiera repetirse más allá de su contexto de origen. Esa posibilidad de repetición no es un accidente que le ocurra a la palabra o al enunciado desde afuera, sino la condición misma que los hace posibles. Y si la palabra depende estructuralmente de poder repetirse en contextos siempre nuevos, entonces lo que llamamos su «identidad», es decir, su sentido........

© La Razón