María Guardiola, no, doña María Guardiola

Como primera providencia he de resaltar que me gusta mucho más la nueva María Guardiola que la vieja María Guardiola. La que finalmente ha comprendido que el centroderecha no es el wokismo sino ese liberalismo constitucionalista que no tiene que ir permanentemente pidiendo perdón al enemigo por el mero hecho de existir. La que defiende Almaraz con uñas y dientes. La que ha jubilado el aplauso a campañas grotescas y corruptas del Ministerio de Igualdad de la liberavioladores Irene Montero y esas suicidas bofetadas como panes a los que fueron y volverán a ser sus socios, los hombres y mujeres de Vox. La que en su fuero interno seguro que se avergüenza de haber advertido en medio de las negociaciones para la investidura de 2023 que no dejaría entrar en su Gobierno «a quienes niegan la violencia machista, deshumanizan a los inmigrantes y tiran a la papelera la bandera LGTBI». Purita semántica zurda. Claro que entonces tenía de gurú a un acomplejadito tuercebotas al que los maquiavelos de la izquierda etiquetan en todos los debates televisivos como «contertulio de derechas» con el cantoso objetivo de que el enemigo parezca más tonto que pichote, entre otras cosas, porque da sistemáticamente la razón a los piojosos maestres de la vida. La vieja Guardiola pasó a mejor vida aquella mañana de hace dos años y medio en la que mandó al carajo a ese tarambana con ínfulas. Y muy mal no le ha ido. Lleva 31 meses en el machito, convocó elecciones en diciembre y pasó de 28 a 29 diputados mandando de paso al averno al candidato socialista, Miguel Ángel Gallardo, que se dejó en el envite la friolera de 10 diputados. El PSOE empató a 28 con el PP en 2023 y el 21-D se tuvo que conformar con 18 gracias a un cabeza de cartel que llegó al Día D con dos delitos bajo el brazo, prevaricación y tráfico de influencias, los mismos por cierto que su cómplice David Sánchez. Nuestra protagonista no tuvo un resultado mediocre. Más bien salió por la puerta grande. El 39,89% de los votos de 2023 se estiró hasta el 43,12% del 21-D, guarismos que en unas elecciones generales y en muchas autonómicas situarían al PP a las puertas de la mayoría absoluta. Mariano Rajoy, de hecho, regaló a la derecha la mayor victoria de su historia con ese 44,63% de 2011 que se tradujo en 186 escaños. Algo, pues, debe tener esta agua cuando la bendicen tantísimos extremeños. El envidiosillo zurdismo mediático que inunda los medios presuntamente de derechas la puso a caer de un burro por haber concedido una entrevista a Okdiario en la que, entre otras cosas, hizo lo obvio, tender la mano a los de Abascal. «Quiero que Vox sea mi socio de Gobierno, nos unen más cosas de las que nos separan», enfatizaba la presidenta minutos antes de soltar otra frase que indignó a la dictadura wokista que impera en este país: «El feminismo que defiendo, estoy convencida, es el feminismo que defiende Vox». La chusmita que atacó sin cuartel a Guardiola por estas 12 palabras es la misma que tilda de «acto de libertad religiosa» el burka que millones de mujeres usan por imposición de sus vomitivos machirulos. El colofón a esta orgía de disparates lo puso Carmen Fúnez, que echó en cara a la cacereña «su falta de discreción» y le invitó a «hacer menos ruido y trabajar más». Esto fue sencillamente para mear y no echar gota. Es como si un juvenil del Madrid recién ascendido al primer equipo le lee la cartilla a Mbappé. De locos.


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