Busca y captura para el ideólogo electoral del PP |
Visto lo visto, el PP debería modificar la Ley Electoral para abolir la última semana de las campañas. Los genoveses atesoran una capacidad innata y ciertamente masoca para pifiarla in extremis. Es lo que tiene ser unos acomplejados. Nada nuevo bajo el sol. Inauguró la tradición el mejor presidente de la democracia, José María Aznar, cuando era un joven aspirante a La Moncloa y enfrente se situaba el padre de todos los miuras, Felipe González, alias Dios. Corría junio de 1993 y el jefe de filas de Génova 13 encaraba el esprint final de las generales como indiscutible favorito. Lo atestiguaban las encuestas, el veredicto del primer debate en Antena 3 que se había anotado por KO, el unánime sentir de cambio en toda España y una mangancia que era el común denominador del Partido Socialista. El marido de Ana Botella concurrió al cara a cara en Telecinco pensando que ya era presidente. Su oponente bajó al barro, recuperó siquiera por un rato la humildad y el estajanovismo de antaño, afeó la conducta a un Aznar que le había tildado de «pedigüeño» ante la UE y consiguió la victoria en la mismísima foto finish del 6-J. El popular hubo de esperar tres años que a él, y a todos, se nos hicieron eternos. Invictus Feijóo –todos sus comicios se cuentan por victorias– tenía en sus manos el adiós del yerno del proxeneta Sabiniano Gómez en julio de 2023 pero entre todos los barones lo mataron y él solito se murió. Ese plantón al segundo debate en TVE en el que dejó solo ante el peligro a Abascal a 72 horas del Día D actuó a modo de puntilla: un generoso y no menos inteligente Sánchez cedió todo el protagonismo a Yolanda Díaz, que se lo había preparado a modo y manera y resucitó. Resultado: una catástrofe que el socialcomunismo aprovechó para recuperar los cinco o seis escaños que le faltaban para continuar trincando desde Moncloa y aledaños. Lo de Guardiola en Extremadura tampoco representó la excepción que confirma la regla de una derechita tontita y masoca. Se pasó la campaña poniendo a parir al enemigo que no era, Vox, y para colmo calcó el error de los michavilos genoveses hace tres años dejando solo al candidato de Abascal en el debate de TVE. Consecuencia: venció pero sin conseguir desembarazarse de lo que ella en alguna ocasión ha tildado de «extrema derecha» en perfecta consonancia dialéctica con el asqueroso sanchismo. Ahora ya no sabe qué modelo de genuflexión ejecutar para que los verdes, o ¡¡¡el PSOE!!!, le permitan seguir cuatro años más en el Conventual Santiaguista, sede de la Presidencia de Extremadura. Jorge Azcón, innovador como pocos y carismático como ninguno, ha sido la gota que colma el vaso de la estulticia. Dio el pistoletazo de salida a la campaña seguro de que alcanzaría la mayoría absoluta, que para eso había convocado, y de que si no la tenía le faltarían un par de escaños a lo sumo. Y tiró los tejos a Aragón Existe, blanco por fuera pero rojísimo por dentro. Acabó pidiendo la hora y fichando a la mano derecha del delincuente Alvise Pérez para el mitin de cierre pensando que robaría votos al brillante Nolasco. Hizo un pan como unas hostias. Ahora suma dos escaños menos que el sábado y tendrá que rendir vasallaje a ese Abascal con el que hace no tanto cantaba el himno de la Guardia Civil. Conclusión: hay que poner en busca y captura al desaprensivo que idea las campañas del PP y exigir su destierro. O su detención: porque cualquiera diría que le paga Ferraz.