Roberta

Hay una molesta edad en que la gente se te empieza a morir a mansalva alrededor. La parte desagradable es obvia, la interesante es que empiezas a darte cuenta de que enseguida te toca a ti y que debes imaginar cómo va a ser. Me gustaría una muerte como la de la peluquera canaria Roberta, tras tres años de lucha contra un cáncer muy agresivo. Lo curioso es que no hizo gran cosa, tan sólo lo que Italo Calvino aconsejó: «El infierno ya está aquí. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y dejarle espacio». Cuando los doctores le confirmaron que no había nada que hacer, salvo terapia contra el dolor, esta mujer decidió que su tiempo era más valioso que nunca y llamó a una clienta, mi amiga Emanuela. Tenía mejores y más íntimas amigas pero, tras una breve explicación, le espetó: «¿Puedo ir a morir a tu casa?». Imagínense la perplejidad de Emanuela, que se quedó sin respiración. «Tenía sólo unos segundos para responder, así que respondí que sí, probablemente en parte por inconsciencia». Emanuela trabaja mucho e inmediatamente después empezó a darse cuenta de que aquello iba a ser laborioso. Pensó entonces en sus amigos jubilados, una vecina que mil veces le había ofrecido eso que todos decimos –«para cualquier cosa, llámame»– y quienes en su entorno podían estar disponibles y con ellos hizo un cuadrante para acompañar a la enferma día y noche. «La primera sorpresa fue que todos se ofrecieron sin dudar y, aún más sorprendente, después de cada turno con Roberta, me daban las gracias». Una amiga propuso rezar el rosario y, como Roberta no practicaba, empezaron a conectarse por internet. Se sumó gente de Tenerife, Madrid y Milán. Pasó el tiempo y la enferma decidió encabezar la oración cada noche dando las gracias. Emanuela recuerda sus conversaciones mirando las estrellas: «Una vez me dijo que si el paraíso era así, estaba lista». Cuando las funciones cerebrales y los pulmones empezaron a fallar, el médico urgió al ingreso, pero Roberta tenía miedo. Después de comer dijo: «Estoy lista» y, en el coche, tomó a Emanuela de la mano y le dijo: «No tengas miedo, yo no lo tengo ya. Han sido los días más hermosos de mi vida. Estoy realmente feliz, ¡gracias!». Al día siguiente la sedaron. Sus nuevos amigos rezaron esta vez en su habitación del hospital. Murió un miércoles por la tarde, veintiún días después de llegar a casa de Emanuela, la clienta de la peluquería.


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