Guerra militar, digital, informativa y psicológica
En 1971, cuando los Pentagon Papers revelaron que el gobierno de Estados Unidos había ocultado información clave sobre la guerra de Vietnam, no sólo se fracturó la confianza en una administración.
Se quebró algo más profundo: la creencia de que la narrativa oficial, aunque incompleta, guardaba una relación reconocible con la realidad. Desde entonces sabemos que en toda guerra hay propaganda. Lo nuevo no es la mentira; lo nuevo es la erosión misma de la posibilidad de distinguirla.
Vietnam fue, entre muchas cosas, una guerra perdida en el terreno político antes que en el militar. El Viet Cong no necesitó conquistar Washington: le bastó con resistir, desgastar y convertir cada ofensiva estadounidense en una prueba de que la victoria prometida no llegaba. Cuando el relato dejó de coincidir con la experiencia visible, la legitimidad colapsó.
Pero incluso entonces existía un marco común de verificación. Tres grandes cadenas de televisión, periódicos con estándares editoriales reconocibles y corresponsales en el terreno. Hoy ese suelo compartido está resquebrajado.
Las guerras contemporáneas no sólo se libran con drones, misiles o milicias irregulares. Se libran en plataformas digitales donde cada actor produce su propia versión en tiempo real.
Israel, Irán, Estados Unidos, grupos insurgentes: todos construyen narrativas que circulan fragmentadas, microdirigidas, amplificadas por algoritmos y bots. El objetivo ya no es simplemente convencer; es saturar, desorientar, sembrar duda.
La inteligencia artificial acelera este proceso. Videos verosímiles, audios sintéticos, imágenes imposibles de distinguir a simple vista. El problema no es sólo que puedan fabricarse mentiras sofisticadas; es que la existencia misma de esas herramientas vuelve sospechosa cualquier evidencia. Cuando todo puede ser manipulado, nada termina siendo creíble.
En la guerra clásica, la victoria implicaba ocupar territorio o destruir capacidades militares. En la guerra híbrida actual, basta con erosionar la cohesión interna del adversario, polarizar su opinión pública y convertir cada acción defensiva en un escándalo global.
El Viet Cong entendió que resistir era suficiente. Hoy muchos actores no estatales operan bajo esa misma lógica: no necesitan derrotar, necesitan sobrevivir y disputar el relato.
El caso de Afganistán es ilustrativo. Tras dos décadas de intervención, la narrativa occidental habló de reconstrucción institucional y avances democráticos. Sin embargo, el regreso del Talibán en 2021 mostró la fragilidad de ese proyecto. ¿Se ganó la guerra en 2001 y se perdió después? ¿O la victoria militar nunca fue equivalente a una victoria política? La respuesta depende, en buena medida, del relato que se adopte.
Las democracias enfrentan una tensión estructural. Su fortaleza radica en la libertad de crítica y en la posibilidad de revelar errores. Los regímenes autoritarios controlan el flujo interno de información con mayor eficacia; las sociedades abiertas dependen de la confianza pública, un recurso más frágil.
Después de Vietnam aprendimos que los gobiernos pueden mentir sobre la guerra. Hoy enfrentamos un desafío más complejo: la posibilidad de que la verdad misma pierda nitidez. Y cuando la verdad se vuelve borrosa, la guerra deja de tener un frente definido. Se instala en la percepción.
La bronca es entre ellos
