Literatura y empresa: dos casos

William Shakespeare y James Joyce tuvieron inquietudes empresariales, aunque de magnitud diferente.

Shakespeare no solo fue un escritor que gozó de gran éxito en vida, sino que fue empresario de sus propias obras, porque invirtió en dos teatros que fueron rentables: el Blackfriars y sobre todo el Globe, un recinto con capacidad para 2.000 personas –la mayoría de pie. Shakespeare pudo ganar allí 500 libras anuales. Para que nos demos una idea, New Place, la buena casa que compró en Stratford, costó 60 libras. Murió con propiedades y dinero, dejando una buena herencia.

El caso de James Joyce es distinto, porque no fue empresario de sus propias obras, que le dieron un mediocre rendimiento económico en vida, aunque se tratara de textos como Dublineses, de 1914, o Retrato del artista adolescente, de 1916. La que hoy es considerada como su obra maestra, Ulises, de 1922, no cosechó sumas apreciables para Joyce mientras vivió el escritor, que redondeaba sus modestos ingresos con otras actividades, y con la ayuda de sus amigos y patrocinadores, como Ezra Pound.

Pero Joyce fue empresario. En 1904, su hermana Eva fue a visitarlo a Trieste, y le comentó extrañada que en esa ciudad italiana había cines, mientras que no los había en Dublín, que tenía una población mucho mayor. David McWilliams, en su libro: Dinero: la fuerza que mueve el mundo (Seix Barral) señala que eso inspiró a James Joyce a montar una empresa, y que buscó financiación en Trieste, que entonces era un centro económico, financiero y cultural más dinámico que su vecina Venecia. El escritor consiguió el dinero, marchó a su Dublín natal y logró que el Cine Volta abriera sus puertas el 20 de diciembre de 1909, con éxito.

Dice McWilliams que no hay nada en el artista que lo vacune contra los negocios, porque tanto los escritores como los empresarios buscan nuevas ideas en el futuro, hoy inexistentes: «Desde el punto de vista macroeconómico, tanto los artistas como los empresarios animan una demanda allí donde no existía previamente. Los nuevos productos que ofrecen crean su propia demanda, y esta es la clave de toda la evolución económica. Al revés que el crítico, el artista y el empresario siempre son optimistas. Deben creer en el futuro. El optimismo de su voluntad supera al pesimismo de su mente».


© La Razón