La historia negra: de Escandinavia a Groenlandia

Está uno harto de leyendas negras españolas. No solo de las basadas en un intratable odio a lo que supone nuestro pasado. No se puede razonar con los que odian. También de las que se originan en mentalidades bien pensantes y acomplejadas ante el desprecio que expresan hacia España otros modelos culturales. Especialmente los anglosajones y los europeos del norte. Un norte que comienza en Francia y finaliza en el Círculo Polar Ártico. Con lamentables incrustaciones en ciertas naciones hispanoamericanas. Y la hartura se profundiza cuando se conoce la negra historia de muchas de esas naciones, que presumen de una hipócrita superioridad moral. En términos evangélicos, consiste en proclamar estentóreamente la presencia de paja en el ojo ajeno, mientras se justifican insidiosamente las vigas que dificultan la visión del ojo propio

Pero el tiempo es inmisericorde y, por mucho que se oculten las maldades, se acaban conociendo. Viene esto a cuento de lo que está conociéndose en torno a la colonia danesa de Groenlandia. Dinamarca tuvo un pequeño, pero muy activo, imperio ultramarino desde el siglo XVII, con colonias en Asia, África y América. La base principal de este imperio fue el tráfico y la explotación de mano de obra esclava, capturada en factorías africanas y exportada a su colonia americana de las Islas Vírgenes. El trato dado a los esclavos era especialmente brutal, por lo que los esclavos huían en cuanto podían a la cercana isla de Puerto Rico, donde eran mucho mejor tratados. También se produjeron sublevaciones de esclavos, una de las cuales tuvo que ser sofocada en 1849 por fuerzas españolas enviadas por el general Prim, en aquel momento gobernador de Puerto Rico.

Tampoco era muy humanitario el trato dado a los habitantes de su colonia india de Tranquebar. El escándalo provocado por los abusos en los territorios daneses fue la causa de que la voraz Inglaterra obligara a Dinamarca a venderle sus posesiones en África y Asia para acabar con el tráfico de seres humanos. Ahora nos hemos enterado del trato brutal infligido por el reino escandinavo a la población esquimal de su colonia ártica. Durante los años 60 y 70, médicos daneses implantaron dispositivos intrauterinos a miles de niñas y mujeres inuit, a menudo sin su consentimiento, pero eso sí, bajo la supervisión de funcionarios de la eficiente administración danesa.

Los otros países escandinavos tampoco se han distinguido por un trato humanitario con sus minorías. El racismo escandinavo se cebó con el pueblo sami, antes conocidos como lapones. Indígenas que habitaban desde siempre en las zonas boreales de Suecia, Noruega y Finlandia. Eran considerados inferiores y hasta hace poco tiempo fueron tratados como tales. Durante siglos han sufrido discriminación, maltrato y abusos de todo tipo. También prácticas eugenésicas. De hecho, Suecia posee el dudoso honor de haber sido la primera nación en crear un instituto de biología racial en el mundo. Se estableció en Upsala en 1922 con el objetivo de estudiar y clasificar a las «razas inferiores», como los sami.

No fueron los únicos. Este comportamiento fue habitual entre los países más desarrollados del siglo, especialmente entre los de cultura protestante. El sistema liberal decimonónico provocó una expansión del nacionalismo exacerbado, el darwinismo social y el maltusianismo, que justificaron invasiones, genocidios y discriminaciones raciales. A finales del siglo, se pretendió dar a estos comportamientos un barniz científico con las teorías eugenésicas. La aplicación de conocimientos biológicos a las comunidades humanas dio lugar a conceptos terribles, como «raza superior» o «espacio vital». Provocaron siniestras consecuencias hace un par de generaciones. Se pretendía una mejora de los rasgos hereditarios humanos a nivel social mediante diversos métodos selectivos. Los más brutales fueron los que justificaron el exterminio físico de las poblaciones refractarias. Como los indios norteamericanos por los anglosajones. Recordamos la «generosa» entrega de mantas infectadas de viruela. El exterminio prusiano del pueblo herero, que poblaba la actual Namibia. O el trato que dieron los exquisitos belgas a la población de la cuenca del río Congo.

Otros fueron menos brutales, como la esterilización selectiva, que ya hemos descrito, y que incluso se contagió a las naciones surgidas de la descolonización. Recordemos el caso de la India, donde la muy socialista señora Gandhi promovió la esterilización de las mujeres de las castas inferiores. O el «apartheid» del mundo anglosajón, que se mantuvo hasta los años sesenta en EEUU y nada menos que hasta 1992 en Sudáfrica.

Está claro que todos estos abusos se produjeron en países que han conseguido disfrazar las tinieblas de su pasado. Las han envuelto en una prestigiosa fama de conducta civilizada, aderezada de humanidad y decencia. Un manto que esconde las terribles costuras de la injusticia y la brutalidad. Y una maniquea indiferencia hacia la verdad, que les permite ostentar la hipócrita calidad de jueces inmisericordes, para presentar la falsaria leyenda antiespañola y anticatólica como una causa sentenciada, destinada a la permanente condenación. Sin posibilidad de revisión alguna.

Antonio Flores Lorenzo, es ingeniero agrónomo e historiador. Exrepresentante de España en la FAO.


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