¿Un segundo referéndum de la OTAN? |
En política, la diferencia entre cambiar de opinión y mentir es sutil pero categórica. Como entre el marfil y el yeso pintado. Los más viejos, memoriosos o por lo menos informados del lugar se acordarán del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN celebrado el 12 de marzo de 1986. Felipe González lo recordaría como la prueba más dura de todo su mandato. Tenía que serlo después de que el PSOE prometiera estruendosamente sacarnos de la Alianza Atlántica en cuanto llegara al poder, para descubrir cuando al fin llegó que el interés nacional exigía justo lo contrario. Que la autarquía política y militar tenía que quedar definitivamente atrás.
Tuvieron la gallardía, o la inteligencia, de afrontar semejante contradicción de cara. Convocando con toda la solemnidad un referéndum. Con una pregunta todo lo tramposa que tú quieras, con la maquiavélica astucia de Alfonso Guerra trabajando a toda máquina, con cuantiosos recursos movilizados a favor del sí (dicen las malas lenguas que de aquellos polvos vendrían los lodos del caso Filesa…) y con amenaza de dimisión de Felipe incluida, algo que en la época equivalía a una amenaza de excomunión política y emocional para toda una generación de progresistas españoles. Ganaron el referéndum por la mínima, pero lo ganaron. Y España se salvó por un pelo de quedar reducida a república bananera. Se hizo mayor, entró en la modernidad.
Me pregunto si Pedro Sánchez se atreve a ofrecer lo mismo. A convocar un referéndum para poner a prueba sus experimentos con nuestra política internacional y de defensa. A preguntar qué aliados queremos tener y con qué grado de compromiso. Y a acatar el resultado que salga de las urnas, sea este el que sea. No es lo mismo amenazar con dimitir si no te votan que no dejar votar para que no te dimitan. Como cuando decidieron que España no participe en Eurovisión para que el voto popular (dos años arrasando a favor de Israel…) no deje en evidencia que este país no es la pocilga antisemita que a algunos les gustaría.
La atormentada historia de una nación que estuvo ausente de la Primera Guerra Mundial, y cuya guerra civil fue el campo de pruebas de la Segunda, donde tampoco comparecimos, da claves para entender y temer cierta peligrosa tendencia a mirarnos el ombligo y confundirlo con el del mundo. Cuánto daño han hecho algunos de nuestros gobernantes que, sin despeinarse, decían «no a la guerra» –pero sí al terrorismo, lo mismo el de ETA que el de Hamás– y que han pensado que la política internacional y de defensa era un juguete para sus gallináceas trapacerías electorales. Que esto no tenía consecuencias, que no habría que pagar ningún precio.
Bueno, ya veremos si esto de verdad sigue así. De momento, Donald Trump ya ha roto la cínica pero inteligente tendencia americana a oír los «no a la guerra» made in Spain como quien oye llover. Dando por hecho que todas las bravatas de negar el uso de las bases americanas en España, para esto o para lo otro, eran de cara a la galería, papel mojado sin ningún peso real. Que Trump es imprevisible, por no decir un perro verde a veces, es cosa sabida, pero tanto va el cántaro a la fuente que a estas alturas no se puede descartar nada. Ni que las bases que ahora están en España acaben en Marruecos. Con todo lo que eso supone. En términos de oportunidades para nuestros enemigos y de problemas para todos nosotros. Incluido el wokerío irresponsable y malcriado que se permite serlo porque hasta ahora ha salido gratis.
Para que se vea que no nos olvidamos de la autocrítica. El referéndum de la OTAN fue la primera vez que quien esto firma fue a votar. Ya supondrán lo joven que era yo entonces. Aunque salir de la Alianza Atlántica era lo último que deseaba, y además no me entraba en la cabeza, debo reconocer que hice justo lo que acabo de criticar: voté que no. Para «ponérselo difícil» a un PSOE que se me antojaba mentiroso. Para que me pidieran perdón por prometer una cosa y hacer otra. Si pudiera volver atrás, cambiaría rauda mi sufragio. Votaría con todas mis fuerzas sí a la OTAN, sí a Occidente, sí a parar los pies al terror solapado, sí a una legalidad internacional digna de este nombre y de todos los sacrificios que comporta. Y es que con la edad aprendes lo que vale un peine… incluso para los calvos.
Anna Grau, es periodista, escritora y exdiputada en el Parlamento catalán.