Vamos a tener que tirar muchas más bombas |
Irán tiene una superficie que equivale a tres veces la de España; el terreno está cruzado por cuatro cordilleras principales, con más de 100 montes por encima de los 4.000 metros de altura, incluido el Damavand, de 5.610 metros y considerado el volcán más alto de Asia; tiene 90 millones de habitantes, de raigambre persa, es decir, resistentes como piedras, que han sido educados durante generaciones en el chiismo y, por lo tanto, en el concepto del martirio colectivo, que no el suicidio, aunque en ocasiones se parezcan. Irán es un régimen teocrático, lo que viene siendo una tiranía en la que mandan los curas, que combina sin problemas la represión laica con la religiosa, que es cuando te cuelgan de una grúa por pedir libertad política y, además, vas al infierno, y cuyo líder máximo es como el Papa, solo que infalible en cualquier circunstancia. Sus ayatolás admiten otras prácticas religiosas, siempre que no sean ostentosas, lejos del integrismo saudí, por ejemplo. En Teherán pude visitar un asilo para ancianos católicos, pagado por el gobierno, que, por cierto, regentaba una monja española, de León. El régimen se ha dotado de una Guardia Revolucionaria, forjada en el crisol de sangre y horrores de la guerra contra Irak, con unos 190.000 tipos, muy radicales. Su Policía no tiene la menor consideración con disidentes y revoltosos varios y, como en la última revuelta, son capaces de llevarse por delante cinco mil opositores sin que se les mueva un músculo. Sus fuerzas armadas y la Guardia Revolucionaria son plenamente conscientes de que no tienen nada que hacer en una guerra convencional frente a los Estados Unidos e Israel y actúan en consecuencia. Entierran profundamente todo lo que tiene valor estratégico –desde el uranio enriquecido a fábricas de drones–, dispersan los equipos de combate y las lanzadoras de misiles balísticos, y camuflan en camionetas de reparto las catapultas de los «Shahed 136», unos aparatos muy poco eficaces individualmente porque son lentos y hacen mucho ruido, pero que lanzados en enjambres acaban por saturar las defensas antiaéreas del enemigo. Si alguno se cuela, pues ahí están 40 kilos de alto explosivo para saludar. Son baratos, unos 10.000 dólares por los 400.000 dólares de un misil occidental interceptor, pero en esta guerra ya han conseguido paralizar el tráfico aéreo de Kuwait, Arabia Saudí, Catar, Emiratos y, por supuesto, Israel, con unos 300.000 viajeros bloqueados, cuatro mil vuelos suspendidos y los correspondientes trastornos para las economías de la zona. También han obligado a suspender la producción de varias refinerías y fábricas de gas natural licuado en Catar y Arabia Saudí, por no contar el trastorno mundial que puede causar el cierre del estrecho de Ormuz. Además de los drones, Irán dispara misiles balísticos y de crucero, pero lo hace con parsimonia, procurando que hagan el mayor daño posible y, sobre todo, para conservar sus polvorines ante una guerra que prevén muy larga. Por último, la defensa iraní se hace en «mosaico», muy descentralizada, y cada responsable militar ha designado a cuatro sucesores en cascada, por si los «Predator» americanos localizan el puesto de mando. Así que, teniendo en cuenta la geografía, la población, la naturaleza del régimen y que llevan décadas preparándose para esta guerra, me temo que vamos a tener que tirar muchas más bombas. Y, seguramente, los ayatolás seguirán ahí cuando Trump se vaya.