Irán, entre la estupidez y la gloria
En los días de la última guerra de Irak, cuando los «Scud» de Sadam caían sobre Israel y la «cúpula de hierro» eran las baterías de «Patriot» norteamericanas, en el hotel vacío de Jerusalén armábamos animadas tertulias de religiones comparadas entre los empleados judíos y musulmanes, el encargado de la seguridad, que era un joven israelí que en tiempos de paz trabajaba en una agencia de turismo, y el único huésped, que era este periodista que les escribe. Al final, concluíamos que lo mejor era ser cristiano, porque tenías las mismas limitaciones morales, los pecados de la carne, claro, que hebreos y musulmanes, pero podías comer marisco, tomarte una hamburguesa con queso o darle al jamón serrano como si no hubiera un mañana, todo acompañado de buenos vinos. La razón es que unos no pueden beber alcohol, otros no pueden mezclar la leche con la carne ni solazarse con un buen centollo y, ambos, rechazan el cerdo. Por lo demás, eran gente simpática, preocupada por la familia y el futuro; algunos en la diáspora y, así se percibía, todos hartos del conflicto. Años después, en Irán, en un viaje con ayuda para las víctimas del terremoto de Bam que organizaba el padre Ángel, asistí a las mismas tertulias de religiones comparadas, aunque, dado que nuestro sacerdote asturiano es un enorme teólogo, con mucho más contenido filosófico que el mero catálogo gastronómico de prohibiciones, pero la misma conclusión: es mucho mejor ser cristiano, aunque sólo sea porque ya no te convocan al martirio colectivo y los curas se dedican a lo importante, lo que trasciende, y dejan el barro político y la policía de la moral para nuestros nuevos iluminados, esos ideólogos laicistas con más dogmas que un mulá saudí. Y es una lástima, porque un Irán con separación entre la Iglesia y el Estado, donde la religión, que no Dios, no sea la medida de todas las cosas, podría haber aceptado perfectamente la cautela occidental, no sólo norteamericana, de no llevar su programa nuclear al grado militar. Podría haber acordado que el suministro de combustible para las centrales nucleares, enriquecido sólo al 5 por ciento e inútil para hacer bombas atómicas, procediera de fuentes exteriores, al menos, durante un tiempo prudencial. Y, así, hoy, la vieja Persia sería un potencia económica e industrial en la región, puesto que tiene territorio, población y una élite científica numerosa; se habría convertido en el primer exportador de energía eléctrica para sus vecinos del Golfo, que consumen ingentes cantidades de electricidad para mantener las gigantescas desaladoras que sostienen el desarrollo de unas metrópolis de ciencia ficción; sería un destino turístico de primera, con costas y playas alucinantes, cadenas montañosas con más de cien picos por encima de los 4.000 metros de altura y una gastronomía maravillosa, y, en definitiva, podría explotar la creatividad inherente a una civilización milenaria, no del todo castrada aún por el islam. Pero no. Los ayatolás mandan sobre lo divino y lo humano, en Teherán se habla más de destruir Israel que de ponerse ciegos de pasta vendiendo electricidad a los Emiratos, y la población, entre la estupidez y la gloria, vuelve a ser llamada al martirio como en los años negros de la guerra contra Irak, que fue una matanza al estilo de las batallas de trincheras de la Primera Guerra Mundial, con más de un millón de muertos. Lo dicho. Mucho mejor, pero que mucho mejor, ser cristiano. Y no sólo por el jamón, que también.
