Hay que ordeñar a los alemanes hasta el final

Hace ya muchos años, pero muchos, vi en un periódico francés, seguramente «Le Figaro», una viñeta cabrona. Retrataba a dos pobres en el metro, con sendos carteles y las gorrillas de rigor para recoger las limosnas. El primero rezaba: «Ayuda para dar de comer a mis hijos», y en la gorra apenas había un par de monedas. El cartel del pobre de al lado, un joven negro con buena pinta, decía: «Dadme dinero para volver a África», y la gorra estaba llena hasta rebosar. Eso fue hace mucho tiempo, cuando en Europa nadie hablaba de habilitar campos de concentración en terceros países para deportar inmigrantes irregulares, el distrito de Saint Denis, en París, no era zona prohibida a la Policía ni tenía alcalde musulmán, y en España lo más suramericano que te podías encontrar era un hermano argentino o algún chileno huido de Pinochet. Tiempos que ya barruntaban días de temporeros y pastores marroquíes, tractoristas del Este comunista derrumbado y la llegada de las primeras «rusas» a los campos de fresa de Huelva, recibidas alborozadamente por unos machos hispánicos que sólo habían vivido el fenómeno de las «suecas» a través de las películas de landismo. Hoy, la inmigración es un hecho cotidiano, normalizado, y, a mi modo de ver, feraz. Sobre todo, claro, con los parientes hispanoamericanos, esos que en la misa del domingo de Ramos ocupaban media fila de bancos en la iglesia de Santa Catalina, en Majadahonda, y cuyos hijos, ya nacidos aquí, pierden el acento familiar a marchas forzadas y lo sustituyen por ese pijo-cheli tan de los pueblos de la periferia rica madrileña. Que echan de menos su tierra lo doy por seguro y sólo hay que ver cómo crecen y se expanden por el pueblo los negocios de hostelería colombianos, venezolanos y algún peruano, esos de «comida fusión» tan excelente, pero que estén dispuestos a regresar a unos países en los que sigue siendo una lotería mortal pasear por la calle y es una entelequia el acceso y la protección de los servicios del Estado lo tengo más dudoso. Viene a cuento esta reflexión tras el acuerdo alcanzado por el canciller alemán, Friedrich Merz, y el nuevo presidente de Siria, el antiguo islamista, hoy de traje y corbata impecables, Ahmed al Sharaa, para retornar a su país a unos 800.000 refugiados sirios, la mayoría de los cuales fueron acogidos a partir de 2015 con cariño y simpatía por una sociedad alemana volcada en su ayuda y doliente con su tragedia, pero que, insensiblemente, ha ido cambiando su percepción, hasta llegar al rechazo, tras una serie de atentados, acuchillamientos y ataques a la libertad sexual de las mujeres germanas, que implicaban a una ínfima minoría de los refugiados, pero que fueron suficientes para cambiar la percepción de una parte de la sociedad. Sin embargo, hay otra realidad fuera del retrato del musulmán integrista, reacio a integrarse, que vive de los subsidios a mil euros al mes por cabeza y quinientos por hijo. Es la que dibujan los 250.000 sirios nacionalizados alemanes en la última década, muchos con titulaciones técnicas homologadas, que impulsan la economía germana. A esos y los doscientos mil jóvenes ya nacidos en Alemania y formados en su estupendo sistema educativo, es a los que quiere ver de regreso el nuevo régimen islamista sirio, para ocuparles en la reconstrucción. Al resto, les aceptarán, pero sólo si el gobierno de Berlín paga una «prima de retorno», que ya se sabe que a los alemanes hay que ordeñarles hasta el final.


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