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El tren avanza… y Bolivia se asusta

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En Bolivia pasa algo fascinante: cuando alguien habla de integrar el país, de unir occidente y oriente, de hacer logística en serio… de pronto aparecen los guardianes de la sospecha. Después de veinte años. Veinte… ¡Si Señores!!

Durante dos décadas, las redes ferroviarias del país han operado sin titulares épicos, sin aplausos, sin discursos patrióticos. Han movido carga, han sostenido comercio exterior, han mantenido empleos, han resistido bloqueos, crisis políticas, pandemias y gobiernos de todos los colores. Pero nadie se rasgaba las vestiduras.

Ahora, cuando se empieza a hablar de integración ferroviaria nacional, de interconexión estructural, de visión país… entonces sí. Entonces aparecen las conjeturas. Las susceptibilidades. Los fantasmas. Y los expertos de un teclado llamado País… y comentado en un Cabildeo.

En la Cumbre Ferroviaria realizada en Santa Cruz, se habló —por fin— de logística estratégica, de competitividad, de corredores bioceánicos, de integración real. Se habló de lo que Bolivia dejó de hacer durante años mientras los vecinos construían rutas interoceánicas y nosotros perfeccionábamos el bloqueo carretero como política pública.

Ahí nadie gritó “escándalo”. Ahí nadie dijo “conflicto”. Ahí todos coincidían en que el país necesita riel.

Pero apenas se menciona el nombre de quien apostó por el sector ferroviario cuando nadie quería tocarlo… el debate deja de ser técnico y se vuelve emocional. ¿En serio?

Carlos Gill, invirtió en el negocio ferroviario en Bolivia cuando el país no era precisamente un ejemplo de estabilidad jurídica. Cuando el tren no era glamoroso ni rentable en titulares.

Cuando mantener infraestructura pesada era más riesgo que premio. Así de claro, nos guste o no.

Y ahora que el mundo vuelve a hablar de trenes, corredores, conectividad y logística multimodal… resulta que la experiencia acumulada es sospechosa.

Lo curioso es que nadie discute los kilómetros operados. Nadie discute la continuidad del servicio. Nadie discute los resultados operativos. Se discuten narrativas. Se revisan procesos societarios en otros países como si fueran novelas judiciales de sobremesa.

Se mezclan nombres, cargos y cronologías para insinuar sin afirmar. Después de veinte años de operación.

Si hubo algo ilegal, que lo determine una autoridad. Si hay proceso judicial, que lo resuelva un tribunal. Pero convertir la experiencia técnica en insinuación permanente es otra cosa.

Porque aquí hay un punto incómodo: Las únicas empresas con experiencia real y sostenida en operación ferroviaria boliviana son Ferroviaria Andina y Ferroviaria Oriental. No hay una tercera. No hay una alternativa improvisada. No hay un manual para aprender en seis meses.

La operación ferroviaria no es discurso. Es técnica. Es ingeniería. Es logística. Es músculo financiero. Y eso no se improvisa.

En la Cumbre Ferroviaria se habló de visión país. De conectar Bolivia. De dejar de mirar el desarrollo por el retrovisor ideológico. Pero parece que en Bolivia todavía preferimos sospechar antes que construir.

Es curioso cómo, cuando el país necesita dar un salto estructural, lo primero que aparece no es el análisis serio. Es la sospecha preventiva. El reflejo condicionado. La narrativa que antecede al dato.

El tren avanza. Y Bolivia, en vez de preguntarse cómo subirse, prefiere preguntarse quién puso el combustible hace veinte años.

Tal vez el problema no sea el riel. Tal vez el problema sea que nos cuesta aceptar que el desarrollo requiere continuidad, experiencia y decisiones que no siempre son políticamente cómodas. El ferrocarril no tiene partido. Tiene destino.

Y mientras discutimos fantasmas, los vecinos siguen construyendo corredores reales.


© La Razón