Primavera |
Han pasado las grullas camino de la Europa de los largos inviernos, los largos ríos y los cielos nubosos que empieza en los Pirineos y se remansa burocráticamente en Bruselas. He oído el gru-gru lejano en el cielo azul y he visto trasponer el bando, muy alto, en perfecta formación, por la sierra nevada de Madrid. Iban camino de alcanzar antes de caer la noche la laguna de Gallocanta en Aragón donde acostumbran a hacer alto para reponer fuerzas. Semanas atrás, antes de San Blas y la Candelaria, se adelantaron las cigüeñas, en el frío corazón del invierno, impacientes por ocupar, usando sus derechos adquiridos desde antiguo, los campanarios solitarios de Castilla. Y, mientras me disponía a escribir del milagro machadiano de la primavera, he visto al petirrojo junto al rosal de la puerta de entrada de la casa. Es un buen augurio, supongo. Pronto pasará también, he pensado, este invierno político de España.
En el jardín han brotado las violetas y cantan las palomas en celo. Vuelve a sonar el canto amoroso de las tórtolas turcas, y el raca-raca de las urracas, que no ocultan su estricta fidelidad de pareja. Como los mirlos. Los gorriones disuelven el bando y se emparejan también. Me he acordado del precioso libro de John Berger «Por qué miramos a los animales», que tengo sobre la mesa. «Parece haber ciertas constantes -dice- que todas las culturas encuentran bellas: por ejemplo, ciertas flores y ciertos árboles, ciertas formas de rocas, ciertos pájaros y animales, la luna, el agua que corre...» Hay ya en el aire un rumor de insectos. Lucen su amarillo radiante las mimosas de la urbanización y empiezan a brotar los ciruelos prunos en las aceras; hace días que florecieron los almendros. De forma provisional -hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo-, vuelve la ropa de abrigo a los armarios. Los mayores, solos o con sus perros, con bastón o sin él, pasean, arriba y abajo, por prescripción facultativa; y en un banco del parque se besa furtivamente una pareja de adolescentes, sin soltar, ninguno de ellos, el móvil. Para los más jóvenes, con el móvil en la mano es siempre primavera.
En Madrid, variada región poblada de árboles y pájaros, muchos aprovechan el preludio primaveral para subir a la sierra o pasear sin prisa por El Retiro o por el Real Jardín Botánico, esos remansos de la Naturaleza rodeados de asfalto y ruido. La primavera viene con ceniza en la frente, vestida con el hábito morado, penitencial, de la Cuaresma hasta el estallido glorioso de la Pascua florida.