La paz y la rectitud

El presidente norteamericano Theodore Roosevelt, en un memorable discurso pronunciado en Harvard el 23 de febrero de 1907, proclamó: «Si tuviera que elegir entre la rectitud y la paz, escogería la rectitud». El actual presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, prefiere por lo visto la paz a la rectitud. Eso se desprende de su llamamiento contra la guerra de Irán. En su mano la gastada pancarta del «¡No a la guerra!» y su teatral enfrentamiento con el presidente de Estados Unidos, el populista Donald Trump, sin medir las consecuencias, pretende, según el sentir general, aglutinar a la izquierda, movilizarla y sacar provecho electoral del conflicto. En realidad, sus estrategas electorales desean, y no lo disimulan, que la guerra se prolongue. En el mismo discurso dijo Roosevelt: «El Gobierno del pueblo resulta el mejor cuando está en manos de hombres que combinan los más altos ideales y el buen sentido práctico». No es el caso.

Sin embargo, esta vez la campaña del «¡No a la guerra!» no está dando resultado. La intención de voto no cambia apreciablemente, como se comprobará el domingo en Castilla y León. Las circunstancias tienen poco que ver con las de la guerra de Irak y el protagonismo, entonces, del presidente Aznar. Han cambiado las tornas, y la responsabilidad carga ahora sobre el actual gobernante, con su aislamiento en Europa y sus contradicciones. El Partido Popular, en la línea prudente de Bruselas y de los Gobiernos europeos, no está a favor de la guerra; pero tampoco considera de provecho ser la «némesis» del presidente de los Estados Unidos por muy extravagante que este resulte. La mayor parte de los españoles no está con Sánchez ni con Trump, porque aún sigue rigiendo aquí el buen sentido.

El efecto político inmediato de la guerra de Irán en España ha sido el afianzamiento de los populismos a derecha e izquierda. La extrema izquierda está con Sánchez y la extrema derecha está con Trump. Para los unos, el bueno es Sánchez, que se enfrenta valerosamente al toro sin capote ni muleta; para los otros, Trump, que, por lo menos, ha sido elegido en las urnas por el pueblo norteamericano. Para la mayor parte de los españoles, ni el uno ni el otro. Eso quiere decir que gozamos de buena salud democrática. La mayoría aún conserva la memoria del espantoso enfrentamiento de hace noventa años –los más jóvenes no se han enterado–, y huye de radicalismos. Se atribuye al otro presidente Roosevelt, Franklin D., la siguiente afirmación: «Un radical es alguien con los pies firmemente plantados en el aire».


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