La paz de Sánchez |
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se presenta como un aguerrido defensor de la paz con motivo de la guerra de Irán. Antes lo hizo, de forma muy remarcada, en el conflicto de Palestina, boicoteando incluso a un equipo de Israel en la Vuelta Ciclista a España y retirándonos del festival de Eurovisión por la presencia israelí. Su acendrada vocación pacifista no le impidió, sin embargo, hacer negocios y mantener la cercanía con el régimen de Venezuela hasta el punto de negarse a felicitar a la opositora Corina Machado cuando ésta recibió el premio Nóbel de la Paz. Cualquiera podría recordarle aquella afirmación de Tácito: «Llaman falsamente paz a una servidumbre miserable». Pero no hay que pensar mal. Sánchez es un político radicalmente progresista y pacifista, el más pacifista y progresista de los gobernantes europeos, según sus entusiastas seguidores. Lástima que algunos hechos lo pongan en duda, hasta el punto de dar pie a Feijóo, jefe de la oposición, a soltarle en el Parlamento: «¡No a la guerra y no a usted!».
Sin poner en duda, pues, el «pacifismo progresista» de Sánchez, sea eso lo que sea, su actitud ante el conflicto iraní, y, antes el de Palestina, con una evidente sobreactuación a contracorriente del resto de Occidente, se interpreta por sus numerosos críticos como un intento manifiesto de sacar provecho electoral de estas tragedias y de distraer a la opinión pública ante la grave situación que atraviesa su Gobierno, su partido y su misma familia, en manos de la Justicia. Un político con verdadero espíritu pacificador no levantaría muros ni fomentaría el enfrentamiento entre las «dos Españas», ni se asociaría para gobernar con los herederos políticos de ETA. Cualquier hombre de paz estaría preocupado viendo que le aplauden Hamás y Hezbolá y observando las pegatinas con su nombre y su foto en los mortíferos misiles que los iraníes disparan contra Israel. No sé qué habrá sentido ante la contundente declaración del ministro israelí de la Diáspora, Amichai Chikli: «Sánchez es un enemigo de Occidente y de Israel». O qué habrá pensado al ver a España reducida a la insignificancia, excluida por Estados Unidos de las mesas de la paz sobre Ucrania, Irán y Palestina.
En resumidas cuentas, Pedro Sánchez es un «pacifista progresista», pero no es un hombre de paz, un pacificador. Al contrario. Es un político conflictivo, que por donde pasa lo perturba todo. Y está especialmente mal aconsejado en política exterior. No se ha enterado de la advertencia de Bernard Show: «La paz es no sólo mejor que la guerra, sino infinitamente más difícil».