El misterio del mal |
La traición de Judas entra de lleno en el misterio del mal. ¿Cómo se explica que el discípulo elegido, convertido en administrador del grupo, entregara al Maestro por un puñado de monedas: treinta siclos de plata, lo que costaba la muerte de un esclavo? Su arrepentimiento tardío cuando se enteró, a primera hora del viernes, de la sentencia inapelable dictada por el Sanedrín, y su gesto desesperado de devolver el precio de su ignominia, no fue suficiente y acabó ahorcándose. ¡Pobre Judas! Es difícil encontrar una explicación razonable a la actuación de este hombre avaricioso y de alma oscura, de la que, según el relato de los Evangelios, se había apoderado el Maligno. Un hombre que había convivido más de dos años con Jesús y había contemplado su extraordinaria bondad y sus prodigios. Cristo podía haberle librado del Demonio, como hizo con otros muchos, pero Dios respeta misteriosamente la libertad humana.
¿Por qué lo hizo? La avaricia no parece una razón suficiente. Es verdad que sustraía el dinero de la bolsa común y que se enfadó airadamente, unos días antes de la Pasión, cuando María, la hermana de Lázaro, derramó un perfume caro sobre los pies de Jesús en Betania durante la cena en casa de Simón, y, por supuesto, demuestra su ansia materialista el tono del acuerdo con las autoridades religiosas: «¿Cuánto me dais y yo os lo entrego?». Su afición al dinero y el miedo a que la Justicia religiosa le privara legalmente de sus bienes por ser seguidor de un condenado son algunas de las explicaciones que se han dado a su inexplicable comportamiento, a pesar del gesto de renunciar al beneficio del infame trato.
En su traición pudo influir el resentimiento por verse preterido por los demás, sobre todo por Juan, en el afecto y preferencias del Maestro. Probablemente estaba celoso y se sentía mal visto por el grupo. Pero, sin quitar importancia a estos motivos, la clave pudo estar en la decepción que le produjo la figura misma de Jesús. El nacionalismo judío, tanto el pueblo llano como el Sanedrín, esperaba un Mesías temporal y poderoso, que libraría a Israel de la opresión romana. ¡Y el nazareno hablaba de un reino espiritual! El primer desencuentro conocido ocurrió después del milagro de la multiplicación de los panes cuando Jesús habló en la sinagoga de Cafarnaúm del «pan de vida». Aquello le descompuso por completo, como a otros que abandonaron entonces el grupo. A Judas le pasó como a muchas personas de nuestro tiempo: amaba a Jesús, pero no creía en Él.