El fantasma de la estanflación |
Los misiles sobre Teherán no solo han sacudido los mercados financieros; han convocado un fantasma que creíamos exorcizado: la estanflación. Este fenómeno, que atenazó a las economías occidentales durante la década de los setenta, combina lo peor de dos mundos: inflación alta y crecimiento negativo o nulo. Una combinación que, para los manuales de economía, es la pesadilla más difícil de combatir.
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El mecanismo de transmisión es conocido. Un cierre prolongado del estrecho de Ormuz —por donde transita casi un tercio del petróleo mundial— dispararía el precio de la energía. La energía es un insumo universal: encarece el transporte, la industria, la alimentación. El resultado es un shock de oferta que eleva precios al mismo tiempo que contrae la producción. Ahí reside su perversidad: los instrumentos tradicionales de política económica se vuelven inútiles o contraproducentes. Si el banco central sube tipos para combatir la inflación, agrava la recesión. Si los gobiernos estimulan la demanda para reactivar el crecimiento, alimentan más inflación. La política económica queda atrapada en un bucle perverso.
Y aquí está el nudo gordiano que los políticos raramente quieren desatar. En economía hay dos grandes palancas: la demanda y la oferta. Casi todos los gobiernos, independientemente de su signo, se concentran obsesivamente en el lado de la demanda —gasto público, bajadas de tipos, transferencias— porque sus efectos son rápidos, visibles y electoralmente rentables. Las políticas de oferta, en cambio, exigen algo que escasea en la clase política: visión estratégica, valentía reformista y pensamiento a largo plazo. Nadie gana elecciones prometiendo reformas estructurales cuyos frutos tardan una década en madurar.
Sin embargo, son precisamente esas políticas de oferta las que habrían mitigado el impacto de este shock. Una Europa que hubiese apostado decididamente por la diversificación energética —acelerando las renovables, manteniendo la nuclear, construyendo reservas estratégicas robustas— dependería hoy menos del crudo de Ormuz. Una industria farmacéutica que no hubiese deslocalizado el 80% de sus principios activos a China e India no vería ahora amenazado el suministro de medicamentos esenciales. Una política industrial que hubiese incentivado la reindustrialización y la autonomía productiva habría reducido nuestra exposición a los cuellos de botella geopolíticos.
La eficiencia sin resiliencia es fragilidad disfrazada. Durante décadas hemos optimizado cadenas de suministro globales persiguiendo el coste mínimo, sin preguntarnos qué ocurriría cuando la geopolítica interrumpiese esa cadena. Ahora lo sabemos. El fantasma de la estanflación no aparece de la nada: lo hemos invitado nosotros con nuestra cortedad de miras.
Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y Presidente de la Fundación Weber