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El mito del estrés

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14.03.2026

‘Hércules matando al dragón del jardín de las Hespérides’ (1635-1640), oleo sobre lienzo del pintor flamenco Pieter Paul Rubens expuesto temporalmente en el Museo del Prado. / La Provincia

Mito, en griego, mythos, relato, narración de hechos reales o ficticios extraordinarios que apunta a lo sagrado o los dioses. Entre estos, el origen del mundo. En lenguaje popular se entiende como una fabulación. Así sucede con los que creen que la tierra es plana, que las vacunas producen autismo, que hay supuestas pruebas de que los extraterrestres han visitado el planeta, que ya habitan entre nosotros o la existencia del purgatorio que la propia Iglesia ha eliminado de los lugares de eterno sufrimiento. Hoy existe una exaltación, a veces mitómana, de lo que es, significa o se padece con el estrés. En la memoria colectiva, estrés, ansiedad, la de antaño. Esposas, madres, “haciendo de tripas corazón”, para dar de comer, vestir y atender a sus maridos y un rancho de hijos. Hombres, campesinos, trabajando la tierra de sol a sol, en la zafra del tomate, vertiendo verdín, peones en la construcción de carreteras, poceros y un sinfín de oficios artesanales. Existía una palabra para designar un estado de ánimo semejante al estrés vocablo creado por el médico y fisiólogo canadiense Selye profesor de la Universidad de Montreal a través de experimento con cobayas: agonías, o estar agoniado, agoniada. Se traduce y significa en Medicina y Psicología generación de la hormona cortisol a través de las suprarrenales. De moda en la cultura popular de hoy, apunta a cualquier estado ánimo que produce incomodidad, sufrimiento más o menos intenso semejante a las consultas médicas de antes por “padecer de los nervios”, incluida aquella que la gente llamaba, (en ciertos ambientes, también en la actualidad padecer del “pomo descompuesto o mal de las madres”). Una clase de estrés digestivo. El poeta inglés John Done escribió que “nuestras verdades importantes yacen escondidas en los intestinos”. Murió de cáncer de estómago en el año 1631. Hoy se sabe que el aparato digestivo contiene más de 100 millones de neuronas que los científicos denominan el sistema nervioso entérico que produce las mismas sustancias, neurotransmisores, que el cerebro como la serotonina y la dopamina. Ya lo había descubierto Ramón y Cajal que hablaba de células intersticiales que estimulan los movimientos intestinales. En su origen, independiente de la personalidad y genética de cada cual, existen situaciones externas, estímulos estresores, que producen desasosiego, amargura que afecta al bienestar y la salud mental de quienes lo sufren. Hay quienes se quejan de “queme laboral” por la cantidad de trabajo, los horarios, falta de entendimiento con los jefes o compañeros. Mayor “queme” lo sufren los que no lo tienen o los que antes se deslomaban al sol y trabajaban bajo lloviznas, vientos o aguaceros. Los hay que padecen una especie de surménage, tristeza, después de unas vacaciones idílicas en la playa o un crucero de esos que atiborran al personal de comida a todas las horas y visitas rápidas a una ciudad solo con tiempo suficiente para perseguir al guía con la banderita y darse codazos para el correspondiente autorretrato que enseñar, a la vuelta, a los familiares y amigos. Todo deprisa que produce el resultado contrario de lo que se esperaba como actividad anti estresante: un relajante descanso vacacional o el placer de nuevos descubrimientos. Hay quien confunde la visita al dentista con un estrés postraumático y madres que acuden al médico de cabecera para que recete tranquilizantes a su hijo por el cambio de hora y despertar de alondra que, todavía en la guagua escolar, se echan las últimas cabezadas. “Estoy estresado o estresada” se ha convertido en una moda, una forma de interacción social, una victimización para despertar empatía. Una de tantas mitomanías de una sociedad con visos de enfermar de una nueva neurosis propia no de tratamiento psicológico o psiquiátrico sino de una nueva ciencia: la sociatría.

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