El amargo retorno

Bandera de Cuba. / Europa Press/Contacto/Maksim Kon

Una segunda gran oleada de inmigrantes isleños llegó después del año 1959. Un día tan señalado como el 31 de diciembre de 1958 el dictador Fulgencio Batista abandonaba la Habana, con parte de su corte corrupta, en un avión, rumbo a la República Dominicana llevándose, sin control aduanero, maletas repletas de dólares y joyas producto de coimas y la miserable explotación al pueblo cubano. Una semana después, el 8 de enero del nuevo año de 1959, entraron en La Habana grupos de hombres barbudos vestidos de militares con ropa y kepis de color verde oliva. Se hacían llamar la «Caravana de la libertad» liderada por Fidel Castro que, hacía pocas semanas bajaban de Sierra Maestra, con el ejército de Batista diezmado y derrotado, y ese día entraban en la capital, al grito, montados en camionetas y largos coches confiscados a sus propietarios americanos o cubanos, a la fuga, con fusiles al hombro, algún disparo aislado, y rosarios colgados del cuello. La Iglesia oficial los recibió con parabienes por la estampa devota de los rosarios y porque el nuevo comandante había estudiado en los jesuitas. En ciertas parroquias de las islas hubo curas que elevaron preces por el dichoso porvenir del nuevo gobierno. «Dicha y felicidad de un día». El nuevo gobierno comenzó las expropiaciones, la colectivización de las grandes extensiones de caña de azúcar y centrales (toda revolución genera injusticias, había dicho Fidel Castro) y con ello se inició, hasta la actualidad, el embargo del «amigo americano». Confiscaron mansiones y casonas del Vedado que, en una visita que hice a Cuba en el año 1986, se veían habitadas por mulatas de pelo rizado que tendían ropa en las terrazas con paredes desconchadas. Uno que intuyó mi origen canario entabló un palique de rabia y desencanto contra el Régimen y me dijo que, en esas casas, ahora, vive gente del partido. La iglesia, salvo pequeños reductos de clérigos y cristianos que mostraron su adhesión al gobierno porque ya apuntaban la unión de socialismo y marxismo, representada por el primado arzobispo de San Cristóbal de la Habana (obsérvese la similitud con la ciudad canaria de La Laguna) tuvo el pálpito de que ya se habían terminado sus prerrogativas, pasear bajo palio a las autoridades civiles y el recuento de las colectas depositadas en el cepillo en las misas de domingo y festivos. Los mismos curas que, en parroquias de la diócesis de las islas orientales, habían bendecido la revolución como un regalo del cielo, echaban pestes de Fidel Castro y su gobierno y predicaban contra el marxismo, comunismo como enemigos de Dios y la santa madre Iglesia. Y en Cuba crecieron las telarañas en las arcadas de los templos, los retablos carcomidos por las termitas, el interior se iluminaba con velas, los creyentes se confesaban a oscuras, de incognitos, en escondidos confesonarios, las campanas oxidaron su bronce y ya casi nadie se atrevía a jalar por el badajo para llamar a misa, fiesta o difunto. Comenzó la diáspora de isleños, unos, los que pudieron a Miami, desde aquel entonces la Little, «pequeña, Habana» y se ganaron, por parte de voceros de la nueva revolución el calificativo despreciable de «gusanos». Otros emigraron a las islas de la que partieron ellos, en tiempos pasados, padres abuelos que habían echado raíces en la tierra que les mató el hambre. Al llegar hablaban de calamidades y como el Estado les robó lo que habían ganado con tanto esfuerzo y trabajo. «Hasta los anillos me quitaron en la aduana del puerto», decían, donde embarcaban entre las brumas evanescentes de la noche en la que apenas divisaban, por última vez, la pálida luz del Morro o del aeropuerto donde les confiscaron las últimas joyas que pretendían pasar entre los restos de prendas de ropa porque ya llegaron con lo puesto y la mirada perdida en un horizonte cargado de nostalgias. Ya no fueron recibidos por sus familiares como ricos indianos, sino que los acogieron por caridad hasta que «se buscaran la vida» en un nuevo oficio o empleo que, una mayoría, tenía que reiniciar una nueva vida. Por caminos de pueblos se veían niños de mano, con sus madres, colorados de sudor, cabizbajos, con zapatitos de charol cubiertos de polvo descubriendo paisajes ignotos muy alejados de las bulliciosas calles, trajín de gentes, autos, cubas de agua para limpiar las calles o las frondas de bohíos, aguacateros, fruta bomba y mangos que, de tan abundantes, botaban en los potreros como comida de animales. «Pobrecitos niños» decía gente de aquí cuando hasta hacía bien poco, «esos pobres niños» vivían en casas solariegas, pisos de altos techos, con baños y piezas individuales, desayunaban rico café con leche, pan blanco y mantequilla antes de asistir a la escuela, repeinados, con brillantina, algunos de uniforme si asistían a colegios religiosos mientras los de aquí vivían en cuevas húmedas y casas desportilladas con goteras en los inviernos y solo los pocos de ciudad degustaban la mantequilla y en los campos consistía en la conocida rala de gofio con leche o suero mientras que la mantequillas si acaso la conocían por el nombre de «Margarina la niña» e iban a la escuela con alpargatas de esparto, goma y los había que descalzos. Se desconocía que, durante los primeros años de gobierno comunista del comandante Castro, Cuba se convirtió en el único país de todas las Américas que erradicó las epidemias infantiles, no había niños pedigüeños en las calles, sanidad pública, gratuita para todos y hasta al último bohío de desplazaba un maestro o maestra a dar escuela. En pocos años desapareció el analfabetismo cuando, todavía, lo había en las islas a poco tiempo de que se fundara ECCA la emisora cultural de Canarias. Sin embargo, las familias de los antiguos indianos de amargo retorno se volcaron en enviar paquetitos de correos con saquitos, chupas para niños y hasta papel de carta y bolígrafos para que, los de la otra orilla, escribieran temerosos de un real o supuesto miedo a la confiscación o persecución por ser «aborrecibles gusanos». Por eso, unos y otros, se extendían en escribir sobre nacimientos y muertes, la añoranza de querencias de distancias sin olvido, el tifón que se acercaba a la costa o que ya era el tiempo de la matanza del puerco. Y por largo tiempo en las verbenas y bailes de casinos tarareaban música y letra de la melosa, nostálgica canción de Luis Agilé Cuando salí de Cuba. En contraste, en las contestatarias universidades de los sesenta se cantaba la de Carlos Puebla dedicada al comandante Che Guevara cuya imagen de nuevo Mesías revolucionario con pasquines y carteles adornaba las habitaciones de los estudiantes y rotulaba las paredes de la universidad y hasta los salones parroquiales regentados por curas obreros y jóvenes de Acción Católica que se sumaban a la lucha contra la Dictadura.


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