Carnaval y rebeldía |
Pregón del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria
Pregón del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria / José Carlos Guerra
Ya ha comenzado uno de los eventos más esperados del año en las Canarias: el Carnaval. Al menos, en Las Palmas de Gran Canaria y en Santa Cruz de Tenerife, donde ha cosechado fama internacional. Concretamente, el Carnaval de Tenerife se ha erigido como el segundo más importante del mundo, solo después del de Río de Janeiro, en Brasil.
Pero, debido a su carácter pagano, las celebraciones del Carnaval no siempre han gozado de esta positiva valoración. Un repaso por la historia nos conduce a determinadas épocas en las que ha tenido que hacer frente a grandes obstáculos. En la Edad Media, la Iglesia fue la primera que intentó prohibir una fiesta en la que, durante unos días, se rompía la tan sólida jerarquía social y los bufones tenían permitido reírse de los poderosos. Por eso, los reyes y los nobles también eran contrarios a esta celebración. Durante el Carnaval, la gente del pueblo podía gritar lo que el resto del año debía callar. Con el paso de los años, lo hicieron ocultándose tras una máscara que preservaba su identidad. Todos podían ser libres por unos días.
En los primeros años del franquismo, las celebraciones eran clandestinas debido a la censura. El Carnaval de Tenerife, por ejemplo, regresó en la década de los sesenta con el nombre distractorio de «Fiestas de invierno», y no fue hasta la muerte del dictador cuando recuperó el original.
Históricamente, se ha tratado de una fiesta molesta para el poder. En el calendario cristiano estaba fijada unos días antes del comienzo de la Cuaresma, que era el período de abstinencia y arrepentimiento. Como en la actualidad la mayoría de la gente no celebra la Cuaresma, el Carnaval ha perdido, en parte, esta naturaleza rebelde. No obstante, existen las murgas en Canarias o las chirigotas en Cádiz, con actuaciones musicales satíricas cuyas letras se burlan de los políticos y transmiten mensajes cargados de crítica social.
Para mí, los Carnavales siempre han sido el momento del año ideal para disfrazarme. De niña, me hacía una ilusión tremebunda ponerme el vestido amarillo y pomposo de Bella, porque, en realidad, me habría gustado ir todos los días con esas faldas que veía en las películas de Disney, pero solo estaba permitido en Carnaval. Supongo que, a mi manera, también estaba siendo, por un día, quien habría querido ser.
Recuerdo que ese disfraz me lo trajeron los Reyes Magos cuando cumplí ocho años. Bella no era mi princesa Disney favorita -siempre he sido más de Aurora-, pero su vestido me encantaba. A medida que crecía y se me iba quedando pequeño, mi madre, gracias a sus habilidades costureras, me lo iba adaptando. Y así, cada año volvía a ser Bella por un día. Conservo fotos en las que, con catorce o quince años, todavía sigo posando con el vestido, al que le añadí una varita mágica para convertirme en hada. Le iba incorporando novedades, pequeñas modificaciones. En Segundo de Bachillerato, nos animaron en el instituto a disfrazarnos de personajes históricos y yo pensé que mi disfraz, con algún adorno y combinado con una peluca, podría servirme perfectamente para ser María Antonieta. ¿Por qué no?
La cosa no termina ahí: el año pasado, en el instituto donde trabajo, el tema del Día del Libro fue «cuentos populares». Y ahí volvía a encajar Bella, por supuesto. Así que, tras unos años durmiendo el sueño de los justos, mi polifacético vestido salió de nuevo del armario para regresar a su papel original: ni hada, ni María Antonieta… Solo Bella. Y he de confesar que me hizo la misma ilusión que cuando tenía ocho años.
En Carnaval, no es necesario avergonzarte de ese tipo de ilusiones: nadie va a juzgarte. Se trata de una diminuta revolución que nada tiene que ver con la rebeldía carnavalesca de hace siglos, pero cada uno se rebela a su manera. Hoy podemos rebelarnos ante el poder -hasta cierto punto, claro, y sin salir del primer mundo-, pero es más difícil hacerlo contra la realidad. Esa realidad que dicta que debemos ser personas razonables, con los pies en la tierra, y no personajes de cuentos. Sobre todo, si una tiene más de doce años. Mucha gente insiste en que los sueños, los peluches y los disfraces son exclusivos de la infancia, pero no estoy de acuerdo.
El Carnaval tampoco es de niños. Si atendemos a su naturaleza original, más bien todo lo contrario. Me parece admirable que incluso en las épocas más oscuras se celebrara clandestinamente: es la demostración de que hemos aspirado a la libertad en cualquier tiempo. Por eso, es necesario preservar esa identidad cultural e histórica. ¡Celebremos el Carnaval!