menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Sanedrín de críticos

7 0
previous day

Imagen de la exposición 'Sorolla a través de la luz', celebrada en 2023 en Valencia. / Rober Solsona - EP

Me reuní hace poco con varios compañeros de la Universidad de Estocolmo donde cursáramos antaño estudios de historia del arte. Y como no podía ser de otro modo surgieron temas que fueron tratados de manera irreverente y a tumba abierta, sin mayores pretensiones de rigor académico.

Habiendo coincidido algunos de nosotros recientemente en Londres disfrutando de una exposición antológica de Joaquín Sorolla, se suscitó la originalidad del pintor en el dominio de la luz, y el carácter eminentemente meridional del color. Pero surgieron los disidentes, alegando que cada país tenía su Sorolla, Camille Corot en Francia, o hasta en EEUU, John Singer Sargent. Y por supuesto que yo no me quedé atrás, recalcando la importancia de artistas como el Sorolla sueco Anders Zorn o incluso el famoso grupo escandinavo Skagen con planteamientos técnicos y temáticos muy próximos a los del artista español.

Pero en lo que todos coincidimos fue sin duda en el gancho popular del innovador tratamiento de la luz, sin olvidar el talento de todos ellos como retratistas. Lo que sin duda había contribuido a gozar la mayoría no solo de un prestigio y una posición acomodada sino de una importante relevancia social en sus ámbitos respectivos. Lo que les había llevado a alcanzar además de una merecida popularidad, un patrimonio importante, llegando incluso alguno de ellos a millonario.

También surgió el aspecto desenfadado y hasta lúdico de las más recientes muestras de las “instalaciones” de arte contemporáneo, que nos parecían refrescantes y aperturistas, sobre todo habida cuenta de la herencia de solemnidad y formalismo en muchas épocas pretéritas de la cultura.

Porque claro, tanto el arte funerario de los egipcios como el clásico de los griegos, o la impronta religiosa del arte para mayor gloria del cristianismo, como el enfoque comercial de la escuela artística holandesa no se prestaban precisamente para un florecimiento del sentido del humor.

Prescindiendo de los amagos de humor en la cultura popular egipcia, o el incipiente arte de la caricatura de Honoré Daumier al servicio de la crítica política, hubo que esperar a la época del movimiento dadaísta francés para que tipos como Marcel Duchamp se atrevieran a desacralizar las manifestaciones artísticas tradicionales. Y aparecieron los “objets trouvés”, objetos cotidianos sacados de su contexto pedestre habitual, expuestos como obras de arte. Como el famoso botellero de Duchamp, o ya en el paroxismo de la provocación, un urinario expuesto en una galería de arte, liberado de su contexto utilitario para revelar sus ocultos valores artísticos.

Sin duda un artista que abrió las exclusas de movimientos rompedores, tan bien descritos en la reciente antología de la estudiosa del arte Susie Hodge, en su libro “ Artquake”, en traducción libre “Artemoto”, una recopilación de los terremotos artísticos recientes, fundamentados en las palabras de Picasso “Cada acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción”.

Fenómenos recogidos también en España, en el reciente ensayo de Ester Revuelta “Arte parece, plátano es”, que por su ironía y originalidad mereció asimismo la atención de nuestro cónclave, pero cuyas argumentaciones guardaremos para próximas entregas.


© La Provincia