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Fe de erratas

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26.02.2026

Ilustración sobre el principio de Copérnico

-¡No se dice «coperniquiano» sino copernicano!

-Has escrito «cataloguizar», en vez de catalogar.

Estas son dos de las admoniciones que he tenido que sobrellevar en el último año de mis crónicas de los jueves. Y por mucho que a mí me suene mejor coperniquiano que copernicano, o que me evoque la cataloguización un proceso más meticuloso que una simple catalogación, no me queda otra que entonar un «mea culpa».

Pero mucho peor lo llevo cuando algún lector osa criticar no la forma sino el fondo de alguna de mis cavilaciones.

Y sin ir más lejos hace un par de semanas me permití unas reflexiones sobre la reinante actual oclocracia (una especie de degeneración de la democracia, con un sistema de gobierno ejercido por mayorías descontroladas sometidas a carismáticos o manipuladores líderes populistas).

Y frente a dichas calamitosas tendencias me aventuraba a una nota de optimismo, en base a la recurrente ley del péndulo, cuya vuelta ya próxima había de barrer a tanto tirano mangoneador.

Pero hete aquí que C.S., un gran amigo y fiel lector, si bien me lee con el ceño fruncido, me rebate que estoy muy equivocado, que ya Menéndez Pidal en su admirable Los españoles en la Historia deja razonadamente claro que no puede regir en la sociedad actual ningún cambio de rumbo pendular. Y para mayor abundamiento y ante mi protesta, que es inútil ante Carlos, mucho más leído que yo, y al que suele hacerle compañía en su mesita de noche el historiador griego Polibio, me facilita los textos del ilustre académico. De un capítulo sobre Isabel la Católica me selecciona las siguientes reflexiones: «…la profusión de hombres valiosos en unos períodos y escasez en otros se quiere explicar mediante una metáfora de una naturaleza con alternancia de gran fertilidad y de barbecho». Y el texto aproximado sigue proclamando: «pero este metaforizar no es explicativo, porque aquí no podemos pensar en misteriosas fuerzas naturales, sino en causas y circunstancias históricas. Aquellas que pueden cooperar, bien a favorecer bien a entorpecer el afloramiento de las mejores capacidades humanas subyacentes en los terrenos de la vulgaridad, causas y circunstancias que pueden, ora seleccionar y destacar, ora anular esas capacidades, dándoles ímpetu ascendente o rebajándolas».

Vamos, que no tiene una ley natural por qué extenderse al devenir histórico de una sociedad. Y siendo las reflexiones de Don Ramón pertinentes en los tiempos de los Reyes Católicos reseñados, me parecen perfectamente extrapolables a nuestra época. O sea, como me apunta mi amigo, «si en la primera mitad del siglo XVI salieron tantos genios, y luego hubieron de pasar cuatro siglos de mediocres, con alguna honrosa excepción, ya me dirás qué demonios de péndulo es ese».

Pues vaya panorama, querido. Lamento de veras tu pesimismo. Buscaré algún consuelo en que por lo menos me has dado hecho mi artículo de esta semana.

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