Las ganas de vivir

MANIFESTACIO A FAVOR DE LA EUTANASIA

Pasados unos días desde el sonado caso de eutanasia que agitó nuestro país y toda la pelea ideológica en torno al mismo, puede ser pedagógico reflexionar sobre algunas de sus aristas precisamente sin la pasión cegadora del momento. A mí en general opinar sobre lo que hace una persona con su propia vida, sobre todo cuando se trata de renunciar a ella, me da cada vez más pudor o vergüenza. No sé si será un ideal libertario o simplemente una prudencia respetuosa desde la perspectiva que da el tiempo, pero convertir en público lo que hace alguien sobre sí mismo en su esfera privada más íntima me parece tanto una contradicción como una falta de respeto a esa misma persona. Esto partiendo de la base de que se dan una edad y facultades que le permiten abordar algo así. Más o menos todo esto se recoge en la vigente Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE), la cual vale la pena leer y revisar con calma (me da la sensación de que poca gente lo ha hecho).

En medio de una historia triste a la que acercarse con respeto y precaución me ha conmovido la declaración de Anthony Green, británico residente en nuestro país, enfermo de esclerosis múltiple y quien al pedir la eutanasia preguntó con cierta ilusión: “¿A cuántas personas podré ayudar cuando muera?”. Almas valientes encerradas durante décadas en una prisión de dolor llamada cuerpo.

Lo que realmente me parece honesto a estas alturas es poder reflexionar como sociedad sobre la idea general de porqué tanta gente decide quitarse de enmedio, sobre todo jóvenes con toda la vida por delante. Y hacerlo no desde una determinada ideología, religión o mantra inamovible, sino desplegar una especie de humanidad práctica, como un historiador que analiza el devenir de los tiempos y su relación con el contexto para extraer claves. Aquí algunas de esas pueden estar en el cambio de paradigma que han supuesto las redes sociales, sobre todo en aspectos como la perfección, el culto al cuerpo, el encaje en moldes ideales, la pérdida de la intimidad, la sobreexposición para ser machacado y toda la presión que esto añade, o una sobredosis de información poco contrastada y orientada a mercantilizar el miedo o las respuestas fáciles ante problemas complejos. Todo esto está produciendo una generación enferma y aislada. Si bien la conciencia de la salud mental o el respeto a la diversidad es hoy día algo más avanzado y sano, la hiperfragilidad ante la frustración o esa especie de lo que lo que el psicólogo social y ensayista Gotz Eisenberg identifica como “narcisismo maligno”, generan un cóctel de indefensión preocupante. Ante problemas muy graves (como es el caso relacionado con la eutanasia), pero también ante otros directamente rutinarios o incluso algo privilegiados viendo como está el patio del mundo, la incapacidad de las nuevas generaciones para salir adelante, ser feliz y disfrutar de la vida se ha visto inexplicablemente mermada. Todo esto en medio de un revival cultural entre ochentero y hortera que trae de vuelta la ley del más fuerte como forma de encarar la vida, modelo donde prácticamente nadie entra.

Con sus luces y sombras, a menudo echamos de menos la resiliencia de nuestros abuelos como forma de encarar la vida. Si bien eso puede ayudar en parte, creo que resulta mucho más pertinente y humano plantearnos si hemos normalizado por comodidad costumbres tóxicas que han criado a una generación. Poner el foco, las ganas y el esfuerzo en eso en lugar de convertirnos en jueces sumarios de vidas ajenas y personas concretas a quienes no conocemos, seguro que ayudará mucho más a la gente que se plantea largarse. Eso y precisamente la empatía, algo tan necesario como denostado en nuestros días.

Suscríbete para seguir leyendo


© La Provincia