Por qué casi nadie va al cine |
Fotograma de la película Sirat.
No hace tanto tiempo que una compañera de trabajo me confesó entusiasmada que su hija se había matriculado en un máster de redacción de guiones cinematográficos en Madrid. De inmediato, me uní a la alegría materna convencido por el hecho de que la chica ya había hecho sus pinitos en el mundo del cine en forma de un breve cortometraje que había recibido el aplauso unánime de familiares y amigos. No obstante, avanzada la conversación, apareció la subvención, como si fuera una entidad dotada de vida propia, un ser por el que muchos luchan, aunque pocos lo consiguen.
La tertulia finalizó con los correspondientes deseos de éxito para la muchacha y su denodado esfuerzo por abrirse paso en la cinematografía. Quedaron para mí la reflexión y el concepto del “subvencionado”, un sujeto peculiar que pulula por la esfera pública española, si bien responde a un patrón universal. El “subvencionado” suele ser un individuo que se queja por casi todo, por la falta de apoyo institucional, por el desinterés de los agentes y las productoras, por la ausencia de la cultura de los grandes eventos. En sí, la queja es al “subvencionado” como el picor a la sarna, más que un síntoma, representa una esencia.
El “subvencionado” busca el acomodo de lo privado, incluso lo personal, en lo estatal, es decir, que su obra sea la de todos, pero en un sentido inequívocamente egoísta: que, usted como yo, paguemos la fiesta al afortunado. Si el producto final acompañara, si fuera de una calidad contrastada, hasta podríamos concluir que lo comido por lo servido. Pero, en la mayoría de los casos, no es así en absoluto. Las cifras son bastante elocuentes al respecto, puesto que el número de espectadores que acude a las salas de exhibición en España es cada vez menor, dibujando una gráfica descendente desde hace más de una década. Y lo sorprendente es que las películas de mayor éxito en la taquilla son las que menos premios y subvenciones reciben.
En resumida cuenta, las galas de entrega de los galardones del cine patrio son el espectáculo, entre festivo y descarado, de la celebración del “subvencionado”, de este modo, convertido en una categoría metafísica. Y tan metafísico es que nadie ve lo que hace, lo que tanta expectación despierta entre los críticos paniaguados, salvo los incondicionales. Me recuerda, y disculpen el gremialismo, la cuestión de los universales y la famosa “navaja de Ockham”, ya que, si aumentamos exponencialmente el número de “entes subvencionados”, a la fuerza se ha de llegar a la conclusión de que no habrá manera de premiar al que no cumple con esta condición.
Como cualquier otro país, España necesita el talento de los creadores, pero, para ello, no habría de reeditarse el viejo carnet sindical de otras épocas, aquel que suponía la subordinación del ingenio a la militancia política o el seguidismo a una determinada agenda ideológica proveniente del gobierno. La última entrega de los Goya ha sido la prueba definitiva de cuanto se ha dicho. Lo cierto es que cada vez son menos los espectadores que acuden a las salas de cine y, si lo hacen, es para ver una película divertida e interesante, lo que raramente ocurre con las cintas elaboradas en suelo nacional a excepción de la saga de Torrente.