Los muchachos de Brasil, una alegoría del poder hoy (I)

Un fragmento de la película 'The boys from Brazil'

Durante años creímos que Josef Mengele había elegido mal el procedimiento. En The Boys from Brazil, la novela de Ira Levin llevada posteriormente al cine, el médico de Auschwitz, refugiado en Sudamérica, se empeñaba en reproducir genéticamente a Adolf Hitler. No bastaba con obtener niños idénticos: había que reconstruir a su alrededor determinadas circunstancias familiares y vitales para intentar que la copia biológica encontrara también el ambiente adecuado. Visto desde 2026, aquello parece un procedimiento innecesariamente laborioso. No hacía falta tanto laboratorio.

Tom Sharpe probablemente habría encontrado aquí material suficiente para una de sus novelas. Presidentes convertidos en personajes de sí mismos; millonarios descubriendo su vocación de tribunos del pueblo; jueces acusando a políticos y políticos acusando a jueces; periodistas transformados en enemigos de la nación; inmigrantes responsabilizados de casi todo lo que no funciona y gobernantes que, mientras proclaman defender la democracia, dedican una parte nada desdeñable de su tiempo a explicar por qué algunas de sus instituciones constituyen un obstáculo para poder gobernar.

El problema es que, llegados a este punto, quizá Sharpe tendría que dejar de escribir una comedia. Porque no estamos hablando de clones. Ni Donald Trump es Javier Milei, ni Milei es Nayib Bukele, ni el bolsonarismo brasileño puede confundirse con Alternativa para Alemania o con los diferentes movimientos nacionalistas y populistas que recorren Europa. Sus países tienen historias, instituciones, economías y culturas políticas diferentes. Tampoco cualquier crítica al sistema, cualquier posición conservadora, cualquier reivindicación nacional o cualquier política restrictiva sobre inmigración constituye fascismo. Sería intelectualmente pobre y, además, históricamente frívolo afirmarlo.

Precisamente por eso conviene evitar la caricatura. La cuestión no consiste en averiguar quién se parece más a quién. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando sociedades democráticas muy diferentes comienzan a considerar aceptables procedimientos políticos semejantes? Porque quizá el error de Mengele consistía en creer que el autoritarismo se encontraba dentro de un hombre. Por eso........

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